Maltrato a la vida humana

Abril 26, 2015 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

La vida humana, nuestra vida sobre esta tierra y este terruño patrio, está gravemente maltratada. La masacre de militares en el vecino Cauca y la ‘medicina’ de la eutanasia a pacientes terminales son dos de los más notorios y recientes ataques a sorpresa contra ella. La crueldad de los “pisa suaves”, como denominaron a la cuadrilla de exterminadores, y el espejismo de “la muerte dulce”, parecen a sus autores un gran avance tecnológico, ‘tecnología de punta’ para aniquilar al adversario o deshacerse del incómodo paciente incurable, matándolo deliberadamente, “apiadándose” de él. Una historia de violencia que muchos, tristemente, quieren alimentar hasta extremos febriles, legitimando de mil maneras el homicidio, disfrazando el negado derecho a una vida digna de tantos colombianos con la tentación del suicidio asistido, del engañoso derecho a una muerte digna.¿Por qué esta enemistad con la vida humana, con el derecho a vivir y el deber natural de morir, pretendiendo acabarlos con el bárbaro derecho a matar, por medio del aborto, la injusticia estructural y social, el armamentismo militar y civil, el conflicto armado, las masacres y la eutanasia? ¿Por qué esta espantosa ambigüedad en la búsqueda de la paz en medio de una guerra sin límites humanitarios y éticos, abierta a masacres como las ocurridas por tantas décadas, y a bombardeos, exterminio o desplazamiento programado de poblaciones?El evangelio de este domingo, cuarto de Pascua, nos propone el compromiso de cuidar y “pastorear” la vida de todos, arriesgando y desprendiéndose de la propia, como Jesús. “Yo soy el pastor, el bueno”, el que da la vida por las ovejas. “Nadie me la quita, yo la entrego libremente”. Jesús cuida y defiende la vida y dignidad humana. Es el pastor del diálogo, del perdón y de la unidad. La vida humana es don y vocación definitiva, que va más allá de la muerte, que exige de toda autoridad, desde un padre y una madre hasta un jefe de estado, una actitud de servicio y una capacidad de entrega y sacrificio de sí mismo por la vida de otros. El Buen Pastor de la vida humana reconcilie a cada uno con ella y nos conduzca a hacer un pacto nacional por la vida de todos como piso y fundamentación del auténtico empeño por la paz.

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