La vida no termina, se transforma

Noviembre 07, 2010 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Como en épocas pasadas, en la actualidad hay corrientes de pensamientos que no le encuentran sentido a la vida humana, hasta niegan que Dios exista. Algunos dicen que el ser humano es un ser para la muerte. Si no hubiera nada después de esta vida nos sentiríamos frustrados, la vida sería una pasión inútil.Sin embargo el ser humano no es un ser para la muerte sino para la vida. No puede existir conciencia religiosa sin una fe en la trascendencia de la existencia humana. Para el creyente, el ser humano viene de Dios y esa fe nos enseña su retorno a Él. Esta es nuestra esperanza. Los creyentes creemos con firmeza que la vida terrena no termina en la podredumbre del sepulcro sino que su destino final es la vida inmortal junto a Dios, vida en plenitud que colmará a saciedad nuestro anhelo profundo de vivir para siempre. Leyendo con atención el Evangelio nos damos cuenta que el Dios en el que cree Jesucristo, es el Dios que ama la vida y la defiende, que se hace presente en la historia humana para conducirla a la plenitud.El Evangelio según San Lucas nos refiere el caso rebuscado de siete hermanos que se habían casado sucesivamente con la misma mujer. Este caso es presentado al Señor Jesús por el grupo de saduceos, que no creían en la resurrección. La pregunta burlona es: “¡De cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer”. Jesús responde que en la resurrección, donde la vida es plena y perdurable, el matrimonio y la procreación ya no existen, pues lo más importante es la relación con Dios, de quien somos sus hijos e hijas.El evangelio muestra así la diferencia entre la vida terrena y la vida después de la muerte. Por la resurrección de Cristo y entonces la paternidad divina supera los parentescos humanos. Jesús nos enseña que “Dios es Dios de vivos y no de muertos, que para Él todos viven”. La aspiración a la inmortalidad es la que más lleva dentro de si el ser humano, por eso se resiste a morir por completo. La certeza de la resurrección radica en Cristo resucitado. El murió para darnos vida nueva y ésta no puede ser perecedera sino definitiva, perdurable y eterna. La muerte no es el destino final del ser humano, sino la vida plena y abundante concedida por Dios en Jesucristo, Vida y Resurrección.

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