Interrogar a Dios

Interrogar a Dios

Febrero 08, 2015 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Toda enfermedad, todo sufrimiento, sea de la clase que sea, fastidia, atormenta y desconcierta. Entonces surgen preguntas. En la Biblia, el libro de Job es punto de referencia obligado. En la tradición popular Job equivale a decir “paciencia”. De hecho, en el Nuevo Testamento, la Carta de Santiago propone a Job como modelo de paciencia (Santiago 5,11). Lo que sí está claro es que el libro de Job no es un tratado sobre la paciencia, ni siquiera sobre el dolor, el sufrimiento, el misterio del mal. No, el libro de Job es la historia de un hombre que sufre porque está en conflicto con su Dios. El libro de Job es el grito de la fe que pide luz en la oscuridad. Y Job blasfema: “Muera el día en que nací” (3,1). Y encima pregunta, interroga, pide cuentas, busca, clama, pide cita a Dios. Al final “aparece” Dios y el desconcierto es mayor. Sin embargo, el mismo Dios afirma: “Estoy enfadado contigo (Elifaz) y con tus dos amigos, pues no habéis hablado bien de mí, como mi siervo Job” (42,7). Nunca en la Biblia se da una relación entre falta moral (culpa) y sufrimiento. El mismo Jesús de Nazaret, en el Evangelio de Juan, da la respuesta definitiva ante la pregunta de sus discípulos frente al ciego de nacimiento: “Rabbi: ¿Quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: ni él pecó ni sus padres; es para que se manifieste en él las obras de Dios” (Juan 9, 2-3). El Dios de la Biblia brinda la posibilidad de una terapia y un cambio sustancial porque la vida terrena no es más que una parte del gran todo, de la vida completa temporal y eterna. En la Biblia la enfermedad y el sufrimiento son una señal que impulsa a confiar y a buscar a Dios a fin de evitar la muerte total. La clave, en la Biblia, no está en el porqué del sufrimiento y de la enfermedad sino en su para qué, en su finalidad. El Nuevo Testamento presenta a Jesús que ni siquiera inventa la aspirina pero sí se acercaba a toda persona que sufría o estaba enferma para indicar que su tarea era eliminar todo dolor absurdo y desesperante y sobre todo para enseñar que la muerte definitiva no tiene la última palabra. Sólo desde Cristo se puede seguir interrogando a Dios sobre el sufrimiento, la enfermedad y la muerte sin olvidar que él asumió todo dolor y “padeció” por nosotros. Desde allí una lucecita va despejando la oscuridad.

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