Iluminar y sazonar

Iluminar y sazonar

Febrero 09, 2014 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Según Jesús de Nazaret, los creyentes deben resplandecer, deben dar sabor, de lo contrario no sirven. Duras palabras, duro mensaje éste, el del Sermón de la Montaña, que hoy resuena en la Liturgia Dominical. La sal, o cumple su misión o de nada sirve. La imagen de expresar que nada es peor que los creyentes a los que, de tales, sólo les queda el nombre, es el equivalente al clásico latino ‘corruptio optimi pessima’. La sal describe la tarea de una minoría, los creyentes de verdad, que se diferencian del resto. Es más, la sal sólo cumple su función disolviéndose, desapareciendo. Muchos de los que nos llamamos creyentes, en vez de hacer visible la alternativa cristiana, nos gusta más bien contemporizar, asimilarnos a lo común y corriente, no nos enteramos de que no se gana a las personas haciéndoles concesiones, sino planteándoles exigencias: “Vete a vender lo que tienes y dáselo a los pobres, que Dios será tu riqueza; y, anda, sígueme a mí” (Marcos 10, 21). Ser la sal de la tierra significa oponer resistencia a partir de la esperanza. Y encima la luz. El Evangelio aquí es sorprendente. No se trata de las grandes obras de Dios que se supone “convierten a las personas”, se trata de las buenas obras de los creyentes. Lo que se nos pide no es hablar de nuestras convicciones, sino ser la convicción misma: “Ustedes son la luz del mundo”. Es prácticamente la regla de oro de la antigua pedagogía: el maestro sólo puede transmitir aquello que él mismo vive. Más que de un activismo, el Evangelio señala una identidad, la que hemos de tener como creyentes. Es el Espíritu Santo quien da identidad a los creyentes, Pablo lo afirma de manera insuperable: “Porque antes, sí, eran ustedes tinieblas, pero ahora, como cristianos, son luz. Pórtense como gente hecha a la luz, donde florece toda bondad, honradez y sinceridad, examinando a ver lo que agrada al Señor” (Efesios 5, 8-10). No son logros ni esfuerzos lo que nos pide Jesús de Nazaret, sencillamente nos invita a vivir la identidad de los que han sido iluminados por el Espíritu de Dios, de los que han renacido del agua y del Espíritu, de los que se dejan llevar por el “viento divino”. He ahí el programa de vida creyente: Iluminar y sazonar.

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