“Hoy tengo que alojarme en tu casa”

“Hoy tengo que alojarme en tu casa”

Noviembre 03, 2013 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Sólo Dios, quien nos ha creado, conoce la sed de nuestro corazón: sed de felicidad, de paz, de plenitud. Y porque nos ha creado, Él sabe que dicha sed no puede ser saciada sino por Él mismo, puesto que Él es la fuente de todo don perfecto. ¿Lo habremos entendido también nosotros? Pareciera que no; porque si lo hubiéramos entendido, nos esforzaríamos en permanecer unidos a Él, por tenerlo siempre con nosotros, en lugar de buscar por todos los medios, como a veces pareciera, sacarlo de nuestra vida y de nuestra sociedad.Las amargas experiencias que vivimos, principalmente la pobreza, las injusticias, la violencia, la descomposición social, etc., son una prueba de lo mucho que nos falta para entender verdaderamente que no podemos vivir al margen de Dios y que, si no enmendamos nuestro camino, terminaremos por destruir nuestra vida, nuestros sueños e ilusiones, nuestra sociedad.Porque Dios lo sabe, por eso nos busca continuamente. Toda la historia de nuestra salvación no es otra cosa que la búsqueda incesante que Dios hace de todos y cada uno de nosotros. Porque Él sabe que sin Él nuestra vida estaría vacía, que sin Él nos destruiríamos, por eso se hizo hombre y por eso se acerca continuamente a nuestra vida. A través del Evangelio de hoy, Jesús nos dirige las mismas palabras que en su momento le dijera a Zaqueo: “Hoy tengo que alojarme en tu casa”. Palabras que nos dan a entender no sólo la imperiosa necesidad de recibirlo, sino también el amor infinito de Dios, que lo lleva a compartir su ser con cada uno de nosotros. Como fruto de haberlo recibido en su casa, Zaqueo no sólo encontró la salvación que tanto anduvo buscando sino que, además, a partir de ese momento su vida se transformó de tal manera que adquirió una proyección social como quizás nunca lo hubiera imaginado. Esa misma experiencia es a la que todos estamos llamados a vivir. De cada uno depende que, como Zaqueo, nos dediquemos a buscar al Señor con prontitud y con la disponibilidad de acogerlo sin reservas.

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