Franciscus

Julio 03, 2016 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Jesús de Nazaret desplegó su actividad metiéndose en la ‘fila de los pecadores’ y solicitando a Juan el Bautista el rito de purificación del bautismo. Luego, escogió a unos cuantos, también pecadores, y entregó a Pedro “las llaves del reino de Dios” (no sólo de la Iglesia), y con todo, Pedro siguió siendo pecador y, no obstante, nunca fue abandonado por Jesús. He ahí el misterio grande de eso que llamamos la Iglesia, santa y pecadora al mismo tiempo, lugar de Dios en medio de la humanidad, “signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II). Por eso sorprende positivamente que un hombre como el Papa Francisco, de entrada escoja un nombre jamás utilizado por los papas y vinculado sí a una persona de la sencillez y pobreza del santo de Asís. Franciscus es el equivalente en latín del italiano Francesco, del español Francisco, del inglés Francis, etc., etc. Y encima, el papa Francisco no se cansa de pedir “que recen por él porque es un pecador”. (En su primera entrevista concedida al jesuita Antonio Spadaro, septiembre del 2013, ante la pregunta quién es Jorge Mario Bergoglio, responde sin rodeos: Soy un pecador). Este hombre que continuamente nos invita a ‘salir’ de nosotros mismos, a no enroscarnos en nuestro propio egoísmo, a no contagiarnos de ‘mundanidad’ (en el sentido de vida mediocre, superficial, vacía), pero sí a descender y a ‘tocar al pobre’, que es ‘carne de Cristo’; este hombre clama hoy ante el mundo entero por mayor solidaridad, por un mejor reparto de las riquezas, por el cuidado de la tierra, por el respeto a la dignidad de todos y todas. ¿Cómo se hace esto? Hay un signo concreto en la Iglesia que apunta y mira constantemente a ese ejercicio concreto de la caridad. Se le denomina en términos técnicos el Obolo de San Pedro. Es la Jornada Mundial de la Caridad del Papa, instituida desde 187. Hoy, 3 de julio, en todos los templos católicos se realiza esta Jornada de Caridad, signo de comunión, ayuda concreta para quienes en el mundo entero están privados de lo fundamental, y se le envía al Papa Francisco quien desea abrazar a cada ser humano que sufre. Creyentes y no creyentes estamos llamados a vivir en solidaridad, a dejar la indiferencia ante el dolor humano y a ser presencia de Dios en el mundo o por lo menos a compartir con el que no tiene aunque no tengamos mayores razones para hacerlo. Ya antes de Cristo decía el poeta Terencio “Soy humano, nada del hombre me es ajeno”.

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