El respeto por lo religioso

El respeto por lo religioso

Noviembre 09, 2014 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

“Dejar que Dios sea Dios”, repetía con frecuencia San Francisco de Asís. El sentido de lo trascendente y sagrado es constitutivo de la conciencia humana. “Dios es Espíritu y los verdaderos adoradores lo adoran en espíritu y en verdad”, decía Jesús a la mujer samaritana. Se refería al espíritu de filiación y a la verdad del Amor. Lo religioso implica no solamente trascendencia sino también intimidad y gratuidad. El silencio, la contemplación, la adoración, el abandono de sí, la  acción de gracias, el gozo y la paz están ahí en la experiencia religiosa. Son la música del alma, preludio de la escucha y la oración, del discernimiento y la adhesión al querer divino. En la experiencia cristiana el Espíritu se une al espíritu humano y lo hace exclamar: “¡Papá querido!”. Así lo recogen los discípulos de Jesús y las comunidades de Pablo. Sumergirse en Dios con Jesús es entrar en el Amor Paternal, con amor filial y fraterno, con respeto que escucha y corazón que obedece. Todo esto nos explica la ira santa de Jesús ante el cuadro de comercio y mercado dentro del Templo. ¡La gratuidad de Dios que se da y de los creyentes hijos que se ofrendan a Él, ha sido vulnerada por el ‘marketing’ religioso! Hay que rescatar el encuentro con Dios, en el que Él ha tomado la iniciativa de venir a nosotros. Y hay que rescatar su Santuario: la corporeidad humana y divina del Resucitado. Junto a ella, la comunidad e Iglesia de los bautizados y el Templo visible, el edificio del Altar. Allí se da el sacramento del encuentro, de la Presencia, la cruz y el banquete. Hoy recordamos y miramos  a la Iglesia Madre de las Iglesias de la Urbe y del Orbe: la Basílica del Santísimo Salvador y San Juan de Letrán en Roma. El papa Melquíades, años 311-314 la fundó en ese terreno dado por Constantino. Que la Palabra del Domingo nos aliente a recuperar la dignidad de lo religioso en nuestras vidas y culturas, en nuestros Credos e Iglesias. No dejemos que se vuelva baratija o mercancía, ni menos aún, “cueva de ladrones”.Amén.

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