El reino de Dios

Julio 27, 2014 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Los relatos en forma de parábolas que el evangelista Mateo recoge en el capítulo 13 se convierten en el método pedagógico que utilizó Jesús para hacernos entender qué es el Reino de Dios y cómo se torna en valor esencial por encima de cualquier otro interés; acertadamente enseñó San Agustín en su obra de la Verdadera Religión: “Quien no ordena los valores superiores e inferiores, poniendo cada cosa en su lugar, no será apto para el Reino de los Cielos” (VR 34, 63).El desorden que vive el mundo de hoy ha influido en todo lo pertinente a los valores; es usual ver en avisos y pancartas: “Recuperemos los valores”. Infortunadamente las presiones de todo orden han conseguido igualar casi todo por lo bajo, prima lo más elemental, lo más fácil, lo que todo mundo hace, el igualitarismo que pretende borrar las diferencias, porque según algunos se han tornado odiosas. Es como si se dijese: ¡Todo es igual y todo vale!El mundo intelectual, religioso y espiritual, ha sido el más lesionado; en el campo de la cultura y la educación nos lo han afirmado los resultados que en nada nos destacan. En cuanto a lo religioso se ha conseguido desvirtuar el concepto y contenido de aquellos principios que en este orden fortalecen al creyente y al verdadero sentido de la religión; en el campo espiritual se ha llegado a confusiones de todo orden llamando espiritual, cualquier método o sustancia para la vida del espíritu: abundan las propagandas y los productos que son apenas paliativos o sustitutos incapaces de nutrir la autentica vida espiritual.Pero los valores trascendentes y superiores, que hacen parte de la vida espiritual, por más que nos empeñemos en desfigurarlos o destruirlos, son ónticamente válidos y necesarios, a ellos apelamos aún de forma inconsciente, es más, aunque los neguemos nos son necesarios.Así el Reino de Dios, del que nos habla el Evangelio de hoy, es el bien superior, inigualable, inconfundible y ante su realidad todo lo demás se convierte en inferior y de menor cuantía; razón tenía San Alberto Hurtado en su meditación de semana santa en 1946 y que tituló Vivir para siempre: “Nuestra alma es espiritual, creada por Dios a su imagen y semejanza. Con hambre irresistible de bien, de bondad, de belleza, de verdad; siempre pide más y más.Todo lo de aquí abajo cansa y no llena. Por más grande que sea el amor, siempre le queda una apetencia para algo mayor.Vivir… recordar nuestro destino. Lo infinito. Lo que no tiene límites en todo lo que es perfección. Mirar mi vida a la luz de la eternidad”.

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