‘El pago de Dios’

Agosto 28, 2016 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Si la Iglesia olvida que su mayor tesoro son los pobres, los necesitados, los humildes, aquellos que cuentan menos para la sociedad, estaría traicionando el legado que recibió de su Fundador Jesús de Nazareth. A través de la historia los momentos más esplendorosos del caminar eclesial, y los mejores exponentes de su doctrina, han sido aquellos en los cuales ella ha vivido del rostro dolorido de sus hijos pobres y del testimonio de muchos santos y santas que han dedicado su existencia a encarnar en sí mismos y a entregarse con denuedo al servicio humilde y caritativo de los pobres: han sido los momentos gloriosos de una Iglesia que hoy quiere recuperar el rostro de la sencillez y la entrega a todos aquellos que la sociedad actual ha denominado: ‘marginados’, ‘desechables’, ‘nómadas de las calles’, ‘hombres y mujeres del costal’; en ellos se agrupa a nuestros hermanos víctimas de la violencia, del desplazamiento, de las injusticias sociales, de la drogadicción y de un mundo paranoico que sólo piensa en el poder, la gloria vana, y el dinero sin límites.Hoy como comunidad creyente y heredera de las enseñanzas de Jesús, el evangelio que siempre es actual vuelve a proponernos una de sus lecciones predilectas: “recuerden que quien se humilla será exaltado y quien se exalta será humillado…”, con razón afirmaba ese gran santo que por calendario litúrgico deberíamos celebrar hoy, pero que por normas sede el turno al Dios glorioso que buscó y encontró cuando se hizo el mismo pobre y humilde venciendo la soberbia y las vanas pretensiones; hablo de Agustín de Hipona quien en uno de sus sermones afirmaba: “si te elevas, Dios te abate; si tú te abates Dios te eleva, la afirmación es del Señor, nada se le puede añadir o quitar” (Serm. 354-8).Como antes dijimos el gran tesoro y el mejor regalo de Dios son aquellos hermanos nuestros que trascienden el tiempo y la historia con sus obras de amor y caridad por aquellos a quienes la sociedad difícilmente llega y menos aún ama; ellos y ellas tocados en su corazón y sus vidas por el ejemplo de Jesús decidieron entregarse sin reservas a servir, amar, y socorrer a los pobres, siendo ellos mismos testimonio de pobreza y humildad.La Iglesia y por tanto nosotros debemos fijarnos más en la riqueza inagotable, sirviendo a los pobres que en la vanidad odiosa de figurar y ser tenidos por primero e importantes.Concluyo, la paga de Dios es la mejor que se nos dará, por el servicio a los pobres y no por nuestras capacidades intelectuales o figuración personal.

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