“Él es nuestra paz”

“Él es nuestra paz”

Julio 19, 2015 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Parece que resultara monótono hablar de paz, que fuesen una palabra y un concepto desgastados, o sea, que nada significa; tanto hemos manoseado el término que llegamos a creer que la paz es un imposible, que no existe o que no sabemos para qué existe. Al contrario, el apóstol Pablo estampó esta transcendental sentencia referida a Cristo, Hijo de Dios y Salvador de la humanidad: “Él es nuestra paz”.A los fieles de Éfeso que seguramente se debatían en situaciones no menos dramáticas o muy parecidas a la nuestra, el gran evangelizador de Tarso les anuncia con convicción y en lenguaje profético y pastoral: “el hombre sin Cristo está muerto en delitos y pecado, alejado de Dios; el único que rehace el corazón humano envuelto en la maldad, el crimen, la violencia, el desorden, la injusticia, la corrupción de todo orden es Jesucristo”.La misión evangélica de Jesús, frenética y agobiante, la presenta hoy el evangelista Marcos, necesitada de descanso en un lugar solitario y despoblado; el frenesí de la vida moderna ha generado, entre otros males, el cansancio psicológico, la fatiga, y hasta la depresión; estos son males que cada vez se arraigan más en nuestra sociedad. También afecta a quienes se creen súper apóstoles del evangelio, que piensan que mientras más se fatiguen, más fructífera será su misión.Cuántas veces nos negamos el descanso necesario, el que reclama el espíritu, el del silencio y la soledad, el del reposo para interiorizar nuestra vida fatigada, atiborrada de inquietudes y no pocos sinsabores; en definitiva empleamos todo nuestro tiempo en la búsqueda de bienes materiales e intelectuales, que no siendo malos en sí mismos, no llenan ni satisfacen, y menos aún alimentan el espíritu.Dice también el evangelio que: “toda esa multitud, andaba como ovejas sin pastor”.Pareciera como si la generación actual caminara sin esperanza por el mundo, sin el reposo que recupera del esfuerzo y nos conduce al dulce solaz de la paz; andar en la vanidad de la mente, en la veleidad de las cosas pasajeras, y peor aún en actos que no conducen a la verdad, es buscar afanosamente el desorden excluyendo a Dios de nuestras vidas.

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