El desafío de la luz

El desafío de la luz

Marzo 30, 2014 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Para trasladarnos al mundo de lo divino o para trasladar dicho mundo al nuestro y comprender cómo interactúan entre sí, no podemos sustraernos al embrujo irresistible de la luz. Es demasiado bella y universal y reúne tales características que se convierte, de inmediato, en un lenguaje religioso, espiritual, profético, existencial y militante para quienes tenemos la vida propia anclada en el Amor de Dios, en su presencia y su palabra, en su guía y pastoreo. Podríamos decir que el cuarto domingo de la cuaresma es toda una iluminación interior y una revelación que une el adentro del alma con el afuera de la vida y de los conflictos, de las tinieblas en las que nos sumergimos y, muchas veces nos instalamos, creyendo que vemos, cuando la triste verdad es que no dejamos que “la luz de Dios nos haga ver la luz”: “Porque en Ti está la fuente de la vida y es tu luz la que nos hace ver la luz” (Salmo 36,10). Luz, visión, mirada, identificación, juicios, decisiones, comportamientos: todo ello tiene que ver con la luz, con la verdad de la vida y la verdad de los hechos y realidades, con la sabiduría y la ciencia, con el conocimiento o la ignorancia atrevida, con la sensatez o la torpeza. Hoy el evangelio y las lecturas de la santa misa nos ponen ante el desafío de la luz. Lo más sencillo es tomar entre las manos una velita y verse a sí mismo ante ella apagada. Encender luego la velita y ponerla antes los ojos y verse a sí mismo a través de ella. Junto al agua, la palabra y el pan, la luz constituye uno de los grandes “sacramentos” o signos eficaces de la Pascua, a la cual nos acercamos. Vida y luz son gemelos, como vida y agua, vida y palabra, vida y pan. Pero el gran desafío de la luz es acoger una verdad objetiva: tenemos ojos para ver, pero somos “ciegos de nacimiento”, es decir, no podemos ver si no hay una luz que golpee nuestros ojos y les permita ver. No tenemos la luz como algo propio, sino como don que viene del sol, del fuego, de la energía. Por muy perfectos que sean nuestros ojos, son nada sin la luz. Por ello, todo nos vuelve a la humildad de reconocer nuestra “dependencia” de la luz que nos hace ver, con visión interior y exterior, con horizonte infinito, con la fuerza de la verdad y de la sabiduría. De ahí que Jesús nos ha dicho que el creyente no solo ve, sino que se convierte en luz (saber, verdad) y sal (sabor, sabiduría) dentro del mundo, en la tierra. ¡Acojamos el desafío de la luz! Aceptemos ser “ciegos de nacimiento” para que entremos en este camino de ser videntes por el encuentro, el contacto y testimonio personal, para un seguimiento comunitario de Jesús.

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