De corazón limpio

Octubre 30, 2016 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

La palabra zaqueo viene del griego zakjáios y del hebreo zakkay, que significa: sin tacha, puro, justo, inocente. Ante la aparente contradicción, puesto que Zaqueo “jefe de los recaudadores y rico” (Lc. 19,2), era para los habitantes de la época un pecador, el evangelista Lucas quiere subrayar la victoria de Jesús sobre el pecado y el cumplimiento de la profecía de Ezequiel “les daré un corazón nuevo, infundiré en ustedes un espíritu nuevo, quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez. 36, 26).Como el padre de la parábola del hijo pródigo, Jesús se hace el encontradizo, sale al encuentro de Zaqueo y entra en su casa, para celebrar con él su conversión, su cambio de vida. Zaqueo, por su parte, se dejó encontrar, abrió la casa de su corazón a Jesús, para que Él actuara e hiciera de él una nueva criatura.Es necesario también decir que Jesús no lo condenó porque su misión es “buscar y salvar a los que estaban perdidos” (Lc. 19,10).En la recta final del año de la misericordia, vale la pena que nos preguntemos si todo lo que hicimos, en especial a través de la experiencia personal y comunitaria del perdón en el sacramento de la penitencia y la práctica de las obras de misericordia, nos hicieron hombres y mujeres nuevos, capaces de ser solidarios, caritativos, abiertos realmente al perdón y a la reconciliación. En el texto evangélico de hoy, tal como el hijo mayor de la parábola del padre de la misericordia, que no quiso entrar a la fiesta por la llegada del hermano, “todos, al ver esto, empezaron a criticar a Jesús por ir a hospedarse en la casa de un pecador” (Lc. 19, 7). El tema es el mismo. Si tenemos un corazón puro, no puede haber en él cabida al rencor, a la envidia, al odio. Un corazón limpio se conoce en la mirada y gestos fraternos, en actos de respeto y ayuda solidaria, en la búsqueda de objetivos motivados por la recta intención y el bien común.Todos estamos siendo llamados a ser Zaqueos, por la experiencia del encuentro con el Amor, pues tenemos siempre la oportunidad de la conversión y el cambio de vida, recordando que son “bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5, 8).

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