Dame de beber

Dame de beber

Marzo 23, 2014 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

El evangelio de este domingo nos narra el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, (Evangelio de Juan 4). Son muchos los aspectos que este texto tiene, pero quisiera resaltar sólo tres. 1. “Dame de beber”. La samaritana llegó al pozo a sacar agua. Jesús desea que esta mujer pecadora le dé de beber. Nosotros, ¿dónde estamos buscando sacar el agua que sacie nuestra sed de felicitad, de realización, de sentido de vida? ¿En el poder, placer, dinero, amor, ternura, compañía, éxito…? Para Dios lo importante es que le demos de lo que calma nuestra sed, paradójicamente. No importa que sean realidades a veces trágicas, egoístas o pecaminosas. Nos pide de beber, para que podamos mirarnos a nosotros mismos, y así pedirle a Él, que nos dé esa agua que sí llena las ansias de sentido que todos tenemos y experimentamos, pues quizás nos pasa, como a la mujer del evangelio, que ha vivido insatisfecha (ha tenido cinco maridos y con quien convive no es su marido, símbolo esto de la insatisfacción que ha vivido). 2. “Si conocieras el don de Dios”. Qué importante es reconocer que detrás de todo lo que vivimos o nos sucede o acontece o de las personas que nos rodean, hay un misterio de amor para con nosotros, si logramos ver más allá de la apariencia y reconocemos la presencia sutil de Dios allí. Jesús es ese don o regalo de Dios para la humanidad. Acerquémonos a él con confianza y seguridad en su amor. Pero también, cada uno de nosotros es un regalo de Dios para otros. Cada acontecimiento, por difícil que sea, mirémoslo como un regalo a través del cual Dios se nos acerca o para salvarnos o para mostrarnos que no estamos solos o para invitarnos a darle sentido. 3. “Ya no creemos por lo que tú nos has dicho…”. En este tiempo de la cuaresma, estamos invitados a experimentar la presencia de Jesús para poder creer por la vivencia de su cercanía y de su amor, y no porque otros nos dijeron o nos contaron. Que la lectura de la Palabra de Dios, nos permita oír al que nos habla al corazón, porque nos ama infinitamente y cuenta con cada uno de nosotros, para calmar su sed de redención y nuestra sed de salvación.

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