Constancia y fe al orar

Agosto 17, 2014 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Cuenta el evangelista San Mateo en el capítulo 15, que una mujer cananea que tenía enferma a su hija, poseída por un demonio, le suplicó a Jesús que la curara. Inicialmente Jesús no le respondió nada, y los discípulos se le acercaron a decirle: “Atiéndela, porque sigue gritando detrás de nosotros”. La razón que expresan sus discípulos nos extraña: “quitársela de encima”, porque los está fastidiando.Cuántas veces nos sucede lo mismo ante ciertas situaciones familiares o sociales, en las que le pedimos a Dios que sane a una persona, o que “se la lleve” como decimos, porque nos resulta una carga muy pesada. Jesús respondió: “Yo he sido enviado solamente para las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Esta respuesta se puede entender como una etapa en la cual Jesús aún no ha comprendido plenamente su misión universal de salvación o un dejar ver que la fe, como sucederá más adelante, es tan poderosa, que no importa de qué raza, pueblo o religión sea una persona, obtendrá de Dios lo que le pide con la certeza de que se lo concederá. Ante la respuesta de Jesús, ella se postró a sus pies y le dijo: “Señor, ayúdame”. Es rara la respuesta de Jesús: “No está bien echar a los perritos el pan de los hijos”. Los Judíos se referían despectivamente a los cananeos con este apodo “perros”. Jesús usa el diminutivo para suavizar la expresión. En actitud humilde, pero con la certeza de que Jesús puede hacer por ella lo que le está pidiendo, el sorprendido es él con la respuesta de la mujer: “Así es Señor, pero los perritos también comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces le respondió Jesús: “Mujer, qué grande es tu fe. Que se cumpla lo que deseas”. Y desde esa misma hora quedó curada su hija. Cuántas padres se angustian ante las situaciones de sus hijos: malas amistades, respuestas irrespetuosas, ensimismados ‘chateando’, rumba, trago, sexo, droga, y otras cosas que ponen en peligro el futuro de las personas más queridas e importantes en su vida. Además de la cercanía que requieren los adolescentes y jóvenes por parte de sus padres, en medio de sus sentimientos de soledad y de pérdida del sentido de la vida que los llevan a excesos, la súplica tiene que ser constante, como la de la mujer cananea, y acudir a Jesús con fe, con la certeza de que el Señor sanará a aquella persona por quien le suplican. Que la Virgen María nos ayude a todos a orar con fe y sin desfallecer.

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