¿Colombia sin familia?

Diciembre 30, 2012 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Se nota que los colombianos queremos avanzar en economía, seguridad, derechos humanos, cobertura educativa, equidad social, fin del conflicto armado, entre otras cosas. Pero estamos caminando a la vez por direcciones equivocadas en materia grave.La primera de ellas es, sin duda, andar en una cultura de muerte. Sumergidos en tanta violencia y con tan altos índices de miseria, aún no nos decidimos a generar una conciencia individual y colectiva pro-vida, que la asuma como fin y no como cosa sometida a la depredación del más fuerte. El aborto, la “limpieza social”, el derecho a la propia defensa, la ausencia del Estado y de su monopolio de las armas, la subversión o la anti-subversión, el alcoholismo y mil cosas más, son males en los que se Caín se agazapa contra la vida del semejante y del inocente.Esta ruptura cultural se vuelve más grave aún cuando marchamos en contravía de la fuente misma de la vida, de la escuela natural de su valoración y taller elemental con el que cuenta la sociedad para forjar personas con autoestima y capacidad de relacionarse fraternalmente con los demás: me refiero a LA FAMILIA. La ruptura entre vida humana e institución familiar que la transmite y forma, arrastrándose de paso la institución del matrimonio como base de la familia nuclear, pone a tambalear todo el edificio de la vida humana.Creo que allí radica una de las causas del desbarajuste nacional. Nacen muchos niños de cualquier manera y mueren, se acaban, muchos matrimonios y familias de la manera más desastrosa. El desprecio por la vida humana en sí misma, se traduce en desprecio, burla y mofa social sobre el matrimonio que fundamenta la familia, equiparándolo, incluso, de manera abusiva, con las uniones de parejas del mismo sexo. Debería haber un movimiento gigantesco de protesta respetuosa y pacífica de las parejas unidas por matrimonio civil y sacramental frente a semejante despojo, que confunde a niños, jóvenes y adultos y empaña la vejez de quienes han construido nuestras sólidas familias de ayer.Las leyes, por avanzadas que parezcan, no pueden socavar la institucionalidad misma de la vida, porque toda ley tiene que hacer parte de un engranaje ético, en el que las personas y el Estado que las representa pasan del instinto al valor y del valor a la norma. Romper esta unidad es dejar sin piso la dimensión ética de la sociedad y de su futuro humano y demográfico.

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