¿Caminamos hacia un sepulcro?

¿Caminamos hacia un sepulcro?

Noviembre 02, 2014 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

A pesar de nuestras dificultades diarias, de los problemas que nos aquejan o nos rodean, todos amamos nuestra vida y no quisiéramos nunca tener que morir. Pero nuestra condición es otra. Nos guste o no, todos, algún día tendremos que partir de este mundo. La fiesta de los Fieles Difuntos que celebramos hoy nos recuerda precisamente la fragilidad y finitud de nuestra vida. El gran problema de nuestra época es que se nos quiere arrebatar el sentido de trascendencia de nuestra vida. Que pensemos sólo en el presente y se nos olvide que somos peregrinos hacia la eternidad. Quien se deja llevar por esta mentalidad, difícilmente podrá explicar el sentido de la vida y mucho menos el de la muerte y tendrá que mirar la vida simplemente como un caminar hacia el sepulcro. Como creyentes en el Señor Jesús, resucitado de entre los muertos, el misterio de la muerte no nos conmociona, pues la resurrección del Señor Jesús nos ha dado la certeza de que la muerte no es el final del camino, sino el paso hacia la eternidad; hacia el encuentro definitivo con el Dios de la vida. Y que la vida no es un simple caminar hacia el sepulcro, sino la posibilidad de ir construyendo, desde aquí, una morada en la eternidad. Este es el verdadero sentido de nuestra vida.Lo que sí nos conmociona es que algunos, inescrupulosa y hasta irracionalmente, se crean los dueños de la vida y decreten la muerte de sus semejantes. Cómo no recordar aquí la sentencia de Dios a Caín después de haber dado muerte a su hermano Abel: “¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano clama hasta mí” (Gn 4,10). Clamor que, como un eco, resuena a lo largo y ancho de nuestra patria y ante el cual no podemos ser indiferentes. Nuestra fe nos debe impulsar no solo a orar por ellos y sus familias, sino a comprometernos en serio para que la vida resplandezca en cada uno de nuestros hermanos.La única muerte a la que le debemos apostar, es a la de nuestros egoísmos, a la de nuestras pasiones, a la de nuestras miserias, para que así viva en nosotros la vida de Cristo. Llevemos grabadas en nosotros las palabras del Apóstol Pablo a los Romanos: “Si nuestra existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya” , y también aquellas otras: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él”.

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