Autocrítica para la paz

Octubre 28, 2012 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

En la mesa abierta en Oslo y que seguirá en La Habana, estuvo ausente el elemento más necesario para que la palabra, el diálogo y los acuerdos reemplacen progresivamente la guerra suicida que nos tiene atrapados: el de La Autocrítica.No se la vio en la representación del Gobierno, responsable ahora del Estado que queremos recuperar como tal, para que construya la civilidad de la Nación, haga de mediador entre el poder y la justicia y logre así la convivencia social y la participación ciudadana en la obra del bien común. Estado y gobiernos desdibujados en la ilegalidad, la corrupción, la infiltración mafiosa, paramilitar y aún guerrillera, la alianza con el poder económico y el abandono vergonzoso de los débiles, la negativa reiterada y letal de lo humanitario. Tampoco se vio ni asomo de autocrítica en el contrincante, identificado como subversión guerrillera: ellos que, por más de medio siglo, sobre todo en las últimas décadas, se confundieron con la ilegalidad criminal, se convirtieron en plataforma para delinquir y liquidar en nombre del pueblo oprimido, las luchas sociales, civilizadas, gremiales y políticas. Ellos, que se equivocaron tercamente en métodos y alianzas absolutamente contrarios a los fines nobles de la justicia y la formación de una conciencia popular, de una resistencia civil con futuro. Sin esta autocrítica, atrincherados en el artilugio de ‘estrategias de mesa’ y algunas debajo de ella, no podremos llegar a La Habana. Todo el país, empezando por nosotros, Iglesia Católica, debemos abrir este sendero de la auto-crítica ante la realidad colectiva actual a que hemos llegado y en la que tenemos responsabilidades de acción y omisión.La autocrítica es el camino que ilumina la palabra de este domingo, personificada en el ciego Bartimeo, en Jeremías y Hebreos: conscientes de lo que somos, nos “despojamos” del manto que nos cubre y damos el salto al diálogo veraz que traerá sanación, inclusión y seguimiento por el camino. Ello será más posible cuando acojamos al “mediador” entre Dios y los hombres, a Aquel que nos libera de posiciones desesperadas y de acusar a otros de los males que hacemos todos.

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