Acoger al prójimo sin prejuicios

Febrero 15, 2015 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Que todo lo que hagamos, lo hagamos para la gloria de Dios. Esta invitación del apóstol Pablo (1Cor. 10,31) se convierte en una magnífica oportunidad para que descubramos la necesidad de tener una vida recta, honesta, limpia, permitiendo la acción de Dios en la existencia de todos. En efecto, si todo lo hemos de hacer para dar gloria a Dios, bien podemos entender las palabras de San Irineo, cuando afirma que “la gloria de Dios es el hombre viviente”.Colombia, y los vallecaucanos en general, estamos siendo requeridos por Dios para que lo hagamos todo bien. Él mismo se nos da a conocer como un Dios misericordioso, que “siente compasión” por nosotros, cuando nos equivocamos en el camino. Jesús, el compasivo, asume nuestra condición, sufre y goza con nosotros. Él nos enseña a no señalar al hermano, a no discriminar, a acoger, a perdonar, a ayudar a superar las dificultades a quien las padece. Él actúa en contra de la tradición del Antiguo Testamento que prescribía precisamente, declarar impuro al leproso y echarlo de la comunidad (Lev. 13). Le tendió la mano y lo tocó. Lastimosamente a cuántos estamos rechazando en la actualidad por su pobreza, por su condición sexual, por su color, por su nivel académico, por su historia. Sin darnos cuenta, nos estamos convirtiendo en jueces y verdugos de nuestro prójimo.La palabra de Dios de este domingo, nos invita una vez más a poner nuestra confianza en el Señor. “Si quieres, puedes curarme”, dijo el leproso a Jesús (Mc. 1,40). Es la seguridad de que Dios acoge, perdona, sana. Ya el salmista lo decía: “Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito” (Sal. 31). Tenemos que cambiar la cultura de “echarle en cara sus errores al otro” antes de tenderle la mano. En los esfuerzos por lograr la paz, acoger el otro, sin señalamientos y prejuicios, se convierte en la fórmula clave para que la paz que anhelamos se pueda alcanzar más fácilmente.

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