Yo también tuve un sueño

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Recordando a Martin Luther King en la plaza frente al ayuntamiento de...

Yo también tuve un sueño

Junio 17, 2012 - 12:00 a.m. Por: Antonio José Caballero

Recordando a Martin Luther King en la plaza frente al ayuntamiento de Oslo, resolví sentarme alrededor de la fuente de los dos cisnes entrelazados. Mirando el hermoso reloj dorado que adorna la torre derecha y que marca hasta el horóscopo, resolví soñar en Colombia.Cerré los ojos guardando lo que había visto en el interior de este palacio que mira hacia el hermoso fiordo de la capital noruega, donde se entrega el Premio Nobel. Y pensé que la vida me había dado la fortuna de cubrir ese momento de ensueño: sonaban las trompetas brillantes de los guardias reales abriendo la ceremonia , y después de la marcha triunfal daban paso al ceremonioso secretario de la Academia de La Paz quien se acomodaba sus gafas blancas para anunciar: “El ganador del Premio Nobel de la Paz este año ha sido el pueblo colombiano que después de muchos años de sufrimiento logró la reconciliación”. Y continuó: “La Academia premia el esfuerzo de ese país suramericano que logró superar dificultades y agresiones y ahora se dispone a recorrer un camino en el cual lo acompañará el mundo entero para acabar una de las guerras más antiguas y absurdas del planeta, y lograr la verdadera democracia con justicia social en la que van a vivir todos después de conocer y recorrer a costa de muchas vidas fraternas la verdad de su conflicto, y aceptar y comprometer su futuro para no olvidar lo que pasó para que no se repita, y recibir a sus millones de hermanos víctimas de la diáspora violenta para unificar esa nación que inicia una nueva vida como ejemplo de todos”.Acto seguido entregaba el acta respectiva, y representantes indígenas, afros, encopetados empresarios y el presidente de turno que al fin había entendido el querer y las necesidades de la Nación, entraban al gran salón rodeado de murales que recuerdan las barbaridades de los hombres, y en un fresco aparecían las masacres de campesinos sin tierra y las caras odiosas de quienes los mataron sin ton ni son. Eran narcos y guerrillos y paras y militares abusadores que quedaban allí, pintados en la pared como testigos de la historia. Y rompiendo protocolos sonaba una mezcla de salsa y acordeón acompañada de colores de la tierra, y todos bailaban, vivaban a Colombia y recordaban que esto no se veía desde la fiesta de Gabo en Estocolmo.Y llegaron sombras que pasaban y mezclaban a Arafat con Mandela y Desmond Tutu, y Dalai Lama y Luther King, que había conseguido ese sueño con su pueblo, y Obama y Rigoberta y Perez Esquivel y aparecían también Pizarro que saludaba con su sombrero, y Pardo Leal, y Chucho Bejarano, y el paisa Jaramillo Ossa y don Guillermo Cano y Monseñor Valencia Cano y Gilberto Echeverry y Guillermo Gaviria y el padre Ulcué. ¡Y todos participaban en el carnaval de la paz de Colombia!Luego, al salir, las campanas del Ayuntamiento lanzaban la melodía del mediodía que marca el fin de la ceremonia y de la guerra en este país.En eso llegó el guarda del palacio museo y con tono amable me despertó, me señaló la hora para retirarme y me regaló una copia de chocolate de la moneda dorada de los premiados que en minutos se derritió en mi boca. Un sorbo de agua para pasar este sueño de chocolate, y a la realidad.Yo tuve este sueño la semana pasada en Oslo porque “hay que vivir para soñar”. Como decía Calderón de la Barca : “La vida es un sueño”, y agrego: “Soñar no cuesta nada”. Lo triste es que, “los sueños, sueños son”.

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