Recuerdos de la tragedia

Noviembre 14, 2010 - 12:00 a.m. Por: Antonio José Caballero

Ayer se cumplieron 25 años de la tragedia de Armero que dejó 30.000 muertos por la avalancha que envió el volcán nevado de El Ruiz, porque las autoridades no entendieron sus señas.Porque el volcán mandó razones. Fueron personas que hicieron lo que no hicieron autoridades como los ministros que citó al Congreso el entonces representante a la Cámara, Humberto Arango Monedero. Ellos se burlaron de las advertencias documentadas del parlamentario, respondiendo con un endeble “no incurrirá el Gobierno en imprevisiones ante cualquier emergencia”.El aviador Guillermo Cajiao también fue enviado especial del Ruiz. Sus secuencias fotográficas mostraron la reactivación del cráter Arenas. En compañía de científicos alertó sobre el posible descongelamiento de los glaciares. Pero para sus interlocutores no fue más que “otro loco que vivía en las nubes”.Y por si algo faltaba, como lo recordó esta semana El País, el profesor y filósofo de Palocabildo, Tolima, Fernando Gallego Jaramillo, quiso compartir con sus paisanos y autoridades lo que vio en las piedras, en la arena y en los ruidos del volcán. Decía entonces que estaban en el ciclo de “la madreagua”, anuncio del fenómeno trágico que ocurría cada 150 años, los cuales se cumplían en ese 1985. La respuesta autoritaria del alcalde de El Líbano, Alberto Toro, fue que no siguiera con sus charlas que producían pánico y que se abstuviera de subir al volcán, veto aún vigente. Hoy, el profesor Gallego recuerda que “aún el día de la erupción que fue a las 3 de la tarde del 13 de noviembre se pudo salvar a la gente porque la avalancha llegó a las 10 de la noche”.A esa hora, el alcalde ‘Moncho’ Rodríguez estaba al pie de su equipo de radioaficionado. Él sintió que se había acabado el tiempo, comunicando su inquietud a los que estaban en sintonía: “¡Se vino el volcán, y se metió en las casas!”, alcanzó a decir. Mientras tanto, el gobernador del Tolima, Eduardo García Alzate, jugaba billar en Ibagué sin saber que había perdido el chico con la madre tierra.Recuerdo que mientras viajaba hacia Armero en la madrugada, el primer testigo de la tragedia, un piloto de fumigación, narraba a Colombia: “Miren, yo me guío siempre por Armero para llegar a los sembrados que estoy fumigando, y simplemente esta mañana no lo encontré. El pueblo desapareció y sólo veo una torre de iglesia en medio de un mar de arena y barro”.Un año después viajé con el papa Juan Pablo II al sitio, y recuerdo el momento sublime cuando se abrazó a la gran cruz de cemento en medio de las matas de arroz que crecían en la arena. Sólo se escuchaba el viento alrededor de su oración. En el avión, ya de regreso, le pregunté por sus lágrimas en Armero y me dijo: “Lloré, aunque no soy hombre de lágrima fácil. Y creo que más que nuestras lágrimas, son importantes nuestras oraciones por ellos. Víctimas de la naturaleza ignorada por el hombre en momentos decisivos”.Veinticinco años después, mientras los armeritas de la cuarta generación después de la tragedia escarban sus recuerdos y las casas de su pueblo emergen del mar de lodo hoy convertido en una pared de arena, nadie es culpable de lo que pasó. Los fallos absolutorios de la Justicia dicen que no hay responsabilidad del gobierno porque “es imposible prevenir o controlar cualquier evento de la naturaleza”. Sólo queda la constancia de que todo fue advertido y la muerte de las 30.000 personas pudo evitarse.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad