Narco-amnesia

Noviembre 07, 2010 - 12:00 a.m. Por: Antonio José Caballero

Muchos años después, y sólo cuando los carteles de la droga en México han dejado diez mil muertos en lo corrido del 2010, caímos en cuenta que nuestro hermoso y amplio idioma ha incorporado el prefijo narco al lenguaje regular. Es el que un informativo de Televisión Española llamó “el vocabulario del horror”.Lo vi hace dos noches cuando la presentadora de El Telediario subrayaba, aterrada, dos palabras para la matanza de ese día: narcofosas y narcotúneles. En esa narcoamnesia que nos arropa en todas partes, olvidamos que desde el narcoterror de Pablo Escobar acuñamos términos que no sólo erizan la piel, sino que recuerdan la crueldad de estos asesinos y su capacidad de permear todos los estamentos del país.Comencemos por la narcopolítica y los narcovotos que señalaron a gran parte del Congreso. Tanto, que alguien dijo que las sesiones se deberían llevar a cabo en La Picota, pues allá está el verdadero quórum parlamentario. De ellos también depende el narcovoto, la papeleta maldita que ensucia la democracia colombiana y permite que dineros sucios que pertenecen a sinvergüenzas paguen sus curules para amparar todos los torcidos y presentarlos como legales.La narcoguerrilla. Sobrenombre con el que se conocen uno o varios grupos de bandoleros que roban tierras, matan gente, secuestran y reclutan al pueblo que dicen defender. Además, cobran gramaje por la coca y cambian cocaína por armas para cometer sus fechorías.También existen los narcoparacos, que al igual que los anteriores practican esa violencia apoyada por motosierras y machetes para despedazar a sus víctimas inocentes, casi siempre campesinos indefensos con cuyos cráneos juegan fútbol luego de matarlos.En el deporte también tenemos el narcofútbol, la actividad que los mafiosos desarrollan con más alegría porque les dio y les da renombre internacional de directivos. Ellos manejan estrellas deportivas con cuyos contratos lavan sus dineros sucios, y no les pagan a los muchachos que usan para sus fachadas.Narcorumbas y narcoreinas, términos que unen el placer con ellas, las drogas, el alcohol, la música que contratan aquí y en el exterior con artistas de renombre internacional, y que involucra damiselas que terminan de reinas de algún departamento colombiano que ni siquiera conocen.Narcopolos y narcomilicos. Dícese de personajes que perteneciendo al Ejército y a la Policía Nacional debieron guardar la seguridad del país como juraron un día. Pero como por plata baila el perro y el dinero corrompe hasta la sal, terminaron cediendo a la carnada sexual y económica, engrosando la triste historia nacional.Narcolibros. Señálase a publicaciones en las que algunos periodistas ejercen de confesores de narcotraficantes usurpando el papel de la Justicia para ganar un buen dinero y, de paso, confundir más a este país que ya de por sí vive confundido.Y hay también narcoobispos que bendijeron terrenos y aceptaron ‘diezmos’ de narcos; y narcocomentaristas que tenían ‘negocios’ con los narcos, y saludaban a ’sus patrones’ muy atentamente en las transmisiones deportivas.Y los narcocorridos. Con sus letras constructivas incitan a la juventud así: “Cada letra de su nombre, lo muestra muy poderoso/ a pesar de ser muy joven/ es cien por ciento mafioso”. Y existe hasta ‘el narcobollo’ que por esos años cuando empezó esta vergüenza, fue allanado por la Policía creyendo que era un centro de acopio vicioso. Pero sólo se trataba de la mejor fritanga del Caribe, donde el almidón que usaban parecía lo que las autoridades buscaban.Esa es una pequeña muestra del vocabulario del horror que asustó a la presentadora española.

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