Imprevisión y lamentos

Diciembre 19, 2010 - 12:00 a.m. Por: Antonio José Caballero

Siempre afirmamos que es mejor prevenir a tener que lamentar. En la realidad, nunca prevenimos y siempre lamentamos, y la tragedia generalmente nos toma la delantera y nos ahoga como está pasando en la mayor parte de Colombia.Los viejos, que eran más sabios que las generaciones de internet, siempre advirtieron sobre la manía de creer que la naturaleza está a nuestras órdenes y que podemos manejar a nuestro antojo ríos y mares, montañas y selvas. Ahora esa natura aparentemente doblegada por el hombre levanta su cabeza y vuelve lagunas los pueblos construidos a su paso, deslizando su corazón de lodo sobre débiles y atrevidas construcciones en los filos montañosos donde se asientan los cinturones de pobreza; o convierte en cementerios las que eran barriadas arrinconadas por la injusticia social.Ahora, la naturaleza pasa su cuenta y responde a esa mano dañina del hombre, recuperando sus caminos. Quiere volver a sus madreviejas y de paso enseñarle al hombre que está para servir a todos. Que cada hombre tiene derecho a una vivienda digna donde pueda desarrollar su vida, sin tener que exponerla en cuatro tablas y dos hojas de zinc cubierto de retazos robados a las obras de la ciudad.Y el río avisa que quiere su terreno, y los hombres tercos amontonando sacos plásticos llenos de tierra para atajarlo. Es plata enterrada y tiempo perdido porque lo que reclama es un verdadero plan de evacuaciones y reubicaciones y censos verdaderos que nos ponga ante la realidad y no nos aleje de ella.Todo lo estamos dañando. En Bello me contaron cómo se vendían volquetadas de tierra hace años que fueron aflojando el corazón de la montaña hasta que ésta se descuajó en una tronera que duró quince minutos a noventa kilómetros por hora, dejando dolor y lágrimas en ‘La Gabriela’. Sería bueno mirar en Cali hacia las montañas y en Bogotá hacia los cerros de invasiones que ya suman millones, para proponer soluciones y no para ordenar desalojos.Lo peor es que sale uno a carreteras de Antioquia y no encuentra paso porque la mano del hombre cortó los árboles de la montaña para ganar unos pocos pesos en madereras, sin que la autoridad ambiental diga una sola palabra. Por eso, la tierra se vino en derrumbes que tapan la vía. El Atlántico y Córdoba, por su parte, pasaron de fértiles tierras pobladas del mejor ganado, a lagunas con olor a muerte.Y los embalses saturados, que deberán abrir sus compuertas y verter las aguas que están por encima de los niveles. Y siguen las imprevisiones de los funcionarios de las Corporaciones Autónomas Regionales, que como buenos burócratas politiqueros pretenden evadir su responsabilidad. Enfrentemos el problema como es. Porque estas inundaciones van a exigir cero corrupción, cambio de destinatarios de las partidas que estaban destinadas a ferias y alegrías, y soluciones que prevengan las plagas y enfermedades en los niños, advirtiendo que los ríos contienen buenas dosis de venenos químicos de los cultivos que se llevaron.Esta vez nos tocó a todos. Esta vez la tragedia no miró estratos y la naturaleza quiere enseñarnos que todo estaba mal hecho. Que fuimos acabándola hasta que produjo el desastre. Esta vez ponemos todos ante el llamado urgente de los compatriotas ahogados.

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