Habemus beato

Mayo 01, 2011 - 12:00 a.m. Por: Antonio José Caballero

A esta hora ya es venerado en la Iglesia Católica y el mundo entero. Karol Joseph Wojtyla entró a todas las casas del mundo, pese a que el día que lo eligieron como sucesor de Pedro, su maestro Stefano Wyszynski, primado de Varsovia, le dijo a su colega y gran elector, Franz König, cuando lo propuso: “Es muy joven y no es lo suficientemente conocido”.Ese día, durante la ceremonia el arzobispo de Viena que ya había sondeado la opinión de los jóvenes cardenales, le dijo al viejo primado polaco: “Creo que Polonia podría aportar un gran hombre a Roma”. Wyszynski respondió: “¿Quiere usted decir Eminencia que no volveré a mi Varsovia?” El austriaco ripostó: “No, eminencia. El que no volverá será el de Cracovia porque la Iglesia lo necesita”.Años después, el Papa nos contaría sobre el cambio de opinión de su maestro ante la votación a favor de Wojtyla. “Lo visité para consultarlo y me dijo: ‘Si te eligen, te ruego que no vayas a refutar la voluntad de los cardenales’”. Fue un golpe a la línea de Roma. Los italianos no lo creían y los europeos veían con asombro el cambio de pensar de la Iglesia universal, impulsado por el tercer mundo. Fue tanta la indignación italiana que uno de sus prohombres, el cardenal camarlengo Pericle Felici, encargado de anunciar al mundo el nombre del nuevo Papa, le preguntó a König cómo se escribía y pronunciaba el nombre del nuevo Pontífice. El arzobispo de Viena le enseñó y Felici comentó: “Vaya ortografía tan difícil de pronunciar. Pero lo intentaremos”. Minutos después anunciaba desde la ventana central: “Anuntio vobis gaudium magnun. Habemus papam”.Y rugió la multitud que esperaba en la Plaza de San Pedro. Comenzó un Pontificado histórico de 27 años, al estilo de “el Papa que venía de lejos”, dando paso al joven actor y minero, el primer extranjero en la silla de Pedro después de 240 años.A Colombia vino el 1 de julio de 1986 y nos regaló siete días blancos, y en paz. Luego volvió la violencia cotidiana que nos golpea hace 60 años. Durante el último encuentro de Juan Pablo II con el ex presidente Uribe dijo: “Hasta cuándo Colombia. ¿Hasta cuándo vais a seguir derramando la sangre de los hermanos?”Recuerdo las críticas a su silencio ante Pinochet y los dictadores argentinos. La historia juzgará su visita a Fidel Castro en Cuba, el encuentro con Gorvachov, su participación en la caída del comunismo y su reconocimiento al pueblo judío. Y el regaño a Ernesto Cardenal en Nicaragua. Al arrodillarse el poeta, el Papa le dijo: “Arregle sus problemas de conciencia antes de arrodillarse para el perdón”.Su buen humor era proverbial. En el seminario de Cali sembró un samán y siempre preguntaba por el “árbol de la vida”. En algún momento se perdió en uno de los pasillos y llegó a la cocina. Allí se echó agua en la cara para refrescarse y se secó con lo único que encontró, el limpión. Los obispos y señoras de la comitiva estaban preocupados por el suceso. Él los calmó: “Esta toalla es tan sagrada que sirve para limpiar los alimentos que vamos a comer”. Una vez durante un vuelo a Latinoamérica y ya mal de salud, salió al encuentro con los periodistas y nos comentó: “El Papa quiere saber cómo va su salud. Vengo a oír el diagnóstico de los periodistas. Luego sabré que es totalmente lo contrario, o sea que estoy muy bien”.Ese hombre sencillo es el Beato de la Iglesia anunciado esta mañana en Roma por Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI. Fue Juan Pablo II y nadie lo conocía el día de la elección.

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