Entre viento y marea

Diciembre 23, 2012 - 12:00 a.m. Por: Antonio José Caballero

Como después del fallo de la Corte Internacional sobre los límites con Nicaragua nos duele tanto San Andrés, me fui al archipiélago a vivir con los nativos algunas horas de lamento, miedo y desesperanza. Es lo que sienten, sobre todo los pescadores que desde siempre vivieron del mejor banco de pesca del mundo en calidad y cantidad.Empecemos aquí. Me llevaron a Cayo Lejano, uno de los puntos donde todavía pueden ir a buscar el sustento. Resulta que el límite trazado por La Haya dividió esas aguas. Demostrado por los pescadores: los pescados más finos y de mayor salida, el pargo y el mero, quedaron en aguas de Nicaragua. Al lado nuestro sólo el llamado ‘pescado negro’ que tiene menos calidad. Y lo mismo va a pasar con la langosta fina que era de diario comer en nuestras mesas sanandresanas. Cada vez va a estar más lejos de las redes colombianas.Los sanandresanos me contaron que ya están importando pescado de Corea y Argentina , como importamos carne de Costa Rica y frutas del continente, en cuyos puertos, Barranquilla y Cartagena, se les ponen trabas a los operadores que ya empiezan a cansarse de las esperas que tienen que soportar en esos muelles guardando cola detrás de los buques grandes. Hay uno que lleva 15 días fondeado en Barranquilla para cargar ‘subsistencia’ como llaman a los productos vegetales y animales que les manda el campo colombiano a precios absurdos.Un banano cuesta 200 pesos en el continente y 600 en San Andrés. La carne, tres veces más de lo que pagamos aquí. Las frutas son intocables para los menús populares que proponen la mayoría de los hoteles. Vi pagar diez mil pesos por una papaya mediana. Por lo anterior, me dicen los nativos: ¿Cree justo que nos obliguen a vivir con el mismo salario mínimo del continente pagando los precios de acá?Pues claro que no. Y ni hablar de los precios de la gasolina para los motores de las lanchas. Cada vez más lejos de las posibilidades de estos isleños sin mar y a la deriva, porque valga la pena contarles que de madrugada, cuando el sol se sale de las nubes oscuras para mostrarnos ese mar de mil colores, cada uno de estos hombres de atarraya se lo piensan dos veces para la faena que los espera en ese mar que hasta hace poco era de ellos. Me dicen: “ Si antes, cuando era nuestro mar, nos trataban como animales y abusaban de nosotros, ¿cómo será ahora que la Corte nos lo quitó?”“Antes, recuerda Eugenio como víctima directa de los policías nicaragüenses, se nos metían en el meridiano y nos llevaban hasta Bluefields. Allí estuvimos 35 pescadores presos en una habitación, y nos costó cinco mil dólares el abogado. Esa es la tarifa de estos abusivos, para entregarnos luego cuatro tablas que nos devuelven a San Andrés porque los radios, la pesca y a veces hasta la gasolina, se los roban los guardias nicaragüenses que en todo el trayecto no dejan de apuntarnos con sus fusiles con el cuento de que están buscando droga”.Y la autoridad colombiana no nos protege, y al contrario nos pone cada día más problemas para matricular los barcos con nuestra bandera, añade este moreno de 72 años que lleva 60 pescando. Hoy, triste y con miedo, piensa que los auxilios que les han prometido no son la solución que ellos esperaban, porque son “pan para hoy y hambre para mañana”.

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