Despertó el manicomio

Febrero 27, 2011 - 12:00 a.m. Por: Antonio José Caballero

Cada vez que se despiertan los locos del planeta, nos asustamos. Los organismos que nombramos para guardar la cordura en el planeta, como la ONU, sirven cada vez menos, o mejor, nunca sirvieron para nada. Eso pasa con Muammar al Gaddafi.Lo conocí en Belgrado y en Trípoli. Raro ejemplar que parecía vivir en una nube desde donde miraba con displicencia, como alguien que tiene más petróleo que los demás y, por lo cual, puede hacer lo que quiera. En ese entonces se cambiaba de traje tres veces al día, vestimentas al estilo oriental, refinadísimas sedas y costosos linos mezclados en sus mantas con metros de lujo, diseñadas en París. Supe que tenía más de mil gorras, casi bordadas con elementos culturales o pasajes de historia de “el gran león del Sahara”. Su colección de gafas de marca contenía los diseños más exclusivos para salvar sus ojos apagados del inclemente sol sahariano.Me causó curiosidad su anillo personal de seguridad: 16 vírgenes cuajadas para la guerra y ataviadas con uniforme verde oliva y boina vino tinto. Bellas todas, aunque se les prohibe sonreir en público.Gaddafi es cuidadoso en extremo con sus manos e impecable en el maquillaje que usa tanto en el palacio como en la tienda de campaña que trasladó al sitio donde fue invitado por el Movimiento No Alineado. A Belgrado llegó con tres aviones en los que metió hasta las camellas recién paridas que alimentaban sus vástagos y calmaban las ansias del coronel loco. Como todos los dictadores es estrafalario con sus hijos. Tiene un patán, Sayf, que salió con cara de matón por la televisión amenazando con la guerra civil que ya lleva 5 mil muertos. Otro, Muamma, estuvo en Italia. Creyó que podía ser estrella del fútbol comprando puestos en los equipos. Luego de sacarle la plata, los perros del fútbol lo mandaron al carajo. Y tiene a Jana, la hija que vestía como princesa, pero que no podía salir de su palacio. Hasta que el cow-boy Ronald Reagan soltó sus misiles y acabó con la niña. Y con el palacio.Aisha estudia derecho internacional en la Universidad de Trípoli. Y Hannibal tendrá que adaptarse al nuevo mundo árabe y hacer un curso rápido con su gran amigo, el rey Mohammed VI de Marruecos, también en la cuerda floja.Al final de la entrevista le pregunté por qué quemaba billetes de un dólar cuando empezó sus respuestas: “Es el fin que se le debe dar a este estiércol que quiere manejar el mundo”, respondió. Habló pésimo del gobierno israelí, acusándolo de “incumplir los pactos y compromisos con el mundo, porque nacieron para acabarlo y no para construirlo”. Al final me habló sobre el entrenamiento de los paramilitares en Colombia por Yahir Klein : “Esos son los hombre que ellos -los israelíes- reparten en el mundo para que defiendan sus vicios y dañen los pueblos en lucha”. Cuando le pregunté por el entrenamiento que le dio a efectivos del M19, miró con rabia y me dijo: “Al final resultaste de los mismos”. Escupió al suelo y ordenó que me sacaran de la tienda.Esa es mi historia con el ‘príncipe de la libertad’, al que le está llegando su hora. Lástima que las libertades del pueblo árabe se tengan que escribir con sangre.Llama la atención que Occidente condene ahora a Gaddafi y no lo haya detenido antes por sus abusos y locuras terroristas. Es la magia del petróleo. Infortunadamente nos gusta aplaudir a los locos cuando se despiertan dando gritos en el manicomio.

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