Costumbres peligrosas

Costumbres peligrosas

Febrero 10, 2017 - 04:03 p.m. Por: Antonio José Caballero

De un tiempo para acá el mal parece haber echado raíces entre los colombianos, estamos llegando a situaciones ‘cómodas’ que nada tienen que ver con la marcha correcta social y política del país. Pareciera que nos doblamos ante la presencia de sucesos que nos asustan solo cuando conocemos la noticia, pero al poco tiempo solo da para comentarios esporádicos. Y contamos las víctimas sin que ni autoridades ni ciudadanos hagamos algo por cortar esas costumbres peligrosas.Desde hace mucho tiempo no hay fiestas populares que no terminen con niños heridos o muertos por aquello que denominamos ‘balas perdidas’. La última ocurrió en Bogotá durante la celebración de las fiestas de la Virgen del Carmen. De este caso y de la mayoría solo tenemos retratos hablados de la Policía pero pocos resultados en materia de capturas y castigos. Y mucho menos de prohibición y recogida de armas sueltas entre la población irresponsable.Dos: nuestros muy de moda choferes borrachos. Ya nos acostumbramos a recibir en las madrugadas la noticia de muertos y parapléjicos que aparecen víctimas de los asesinos del volante que se pasaron de copas y causaron la desgracia. Y luego, con descarado gesto, los causantes lloran y piden perdón a las familias de sus víctimas. Unos andan sueltos en su casa y otros saben que pueden arreglar con dinero su fechoría.Tres: pavor producen las tales ‘barras bravas’ cada que hay un partido en alguno de los estadios de Colombia. Ya nos acostumbramos a que hay heridos y hasta muertos, víctimas de estos desadaptados que se visten del color deportivo aparentemente, porque en su mente llevan la venganza que ejecutan hasta con los cuchillos de sus casas. Así me lo contó en el barrio Kennedy de Bogotá la madre de dos sujetos que acabaron con los cuchillos de la cocina porque cada ocho días sus hijos los portaban “como parte del uniforme al Campín”. ¿Quién revisa las entradas a los campos de fútbol? ¿Quién da razón de los asesinos de estas barras que, según la autoridad, están “plenamente identificados”?Cuatro: nos acostumbramos a la trata de personas. Pareciera que no nos tocan las desapariciones forzadas en manos de mafias nacionales e internacionales que luego las venden a mafias menores hasta que acaban sus vidas en prostíbulos donde llegan como ‘piltrafas humanas’. Hace poco se realizó un foro sobre el tema en Bogotá, y para información les cuento que tenemos el segundo deshonroso lugar en exportación de sexo después de Brasil y antes de República Dominicana. Me contó una colombiana que logró escapar de las garras de la temida Yakusa japonesa, que “me obligaban a tener 20 relaciones diarias para pagarles los diez mil dólares que me cobraron cuando llegué allá. Y en la cuenta me agregaban el alcohol y la cocaína que yo consumía para evadir este suplicio. Fui como bailarina”.El negocio lo maneja el narcotráfico, y es muy poco o nada lo que se hace en la vigilancia de hoteles proxenetas y sitios sin licencia que las reclutan ante la mirada indolente de la Policía internacional.Y así pudiera seguir enumerando más costumbres peligrosas que están echando raíces en el país ante la indolencia de muchos y la impotencia de la autoridad.

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