Bueno, bonito, ¿y ahora?

Bueno, bonito, ¿y ahora?

Agosto 21, 2011 - 12:00 a.m. Por: Antonio José Caballero

Colombia le cumplió al mundo del fútbol y el país fue otro durante estos 22 días de goles, fiestas, decepciones, reventas, carnavales y ‘mercados del chiviao’ que rodearon la cita orbital del balompié, protagonizada por las estrellas del futuro.Estoy contento porque me recorrí todas las sedes. Inicié en Barranquilla con el desastre inicial de la muestra coreográfica, el partidazo que brindaron Brasil y Egipto y los demás que tuvo la sede arenosa. Resultado: técnicos y jugadores contentos y felices con el cariño y la hospitalidad de la gente.Estuve en Armenia, Manizales y Pereira. Se lucieron. Mis colegas destacaron la belleza de estas mujeres, la sabrosura del café que les brindaron y la amabilidad para guiarlos por los senderos más lindos de nuestras montañas.En Pereira presencié el carnaval que formaron los anfitriones. Ante la decepción de Colombia, cambiaron camiseta y se vistieron del verde y amarillo brasileño para torcer por la canarinha en ‘el monumental’ Ramírez Villegas.Mi Cali bella demostró por qué sigue siendo la capital deportiva de América. Asistencia total al Pascual Guerrero, remodelado como una preciosa joya, aunque todavía no se le ven los $80.000 millones que costó esa remodelación. Hasta mis colegas árabes, en pleno mes del Sagrado Ramadán, se dieron su vueltón por el alma de la salsa y cada uno lleva algo de Niche, Guayacán o Son de Cali. A algunos les tocó la muestra de cultura afro del Pacífico y hablan con familiaridad de la cocada, el pusandao, el tamal valluno y la lulada, lo que más gustó a mi amigo Sin-Jung, tailandés que hoy debe estar enguayabado porque anoche andaba de copas por la Copa.Medellín no se quedó atrás. Brindó flores montañeras y la famosa bandeja paisa que probaron todos. A uno de los coreanos lo dejó tendido dos días “en ayuno”, me dijo, porque la llenura no lo dejaba trabajar. Nunca repitió, pero le fascinó. Qué lástima la respuesta argentina por su eliminación destruyendo el Atanasio Girardot que los antioqueños restauraron con amor. Patearon en los camerinos lo que no fueron capaces de patear en la cancha y se fueron sin pena ni gloria.Cartagena puso su gota de alegría con su hermoso estadio, y fue la cita obligada que todos tenían con Colombia. Nadie se fue sin estar en el corralito: hay algunos que esta semanita se la tomaron para dorarse en sus playas y vivir su historia.Y Bogotá, simplemente impecable. Nada de desórdenes, nada de puñaladas de los desadaptados en El Campín. Una hospitalidad inmensa a la Selección Colombia cada tarde que entrenó en techo y un ejemplo de que el fútbol es todo menos violencia.Al final demostramos que podemos vivir en paz entre nosotros y con el mundo que nos visitó. Ahora, antes que se acabe la euforia, terminen las obras que faltan y deben concluir los alcaldes salientes según su compromiso. Y resolvamos cómo vamos a conservarlas porque son valiosas y cuesta administrarlas bien.Ah, y algunas bestias, en lugar de aprovechar la fiesta, la presencia de colegas del mundo y la bondad de la gente para dar una señal humanitaria de libertad, siguieron en las mismas: secuestrando y matando inocentes. El mundo los conoce cada vez más y los repugnan por su bestialidad. ¡Qué le vamos a hacer: “la cabra tira pa’l monte”.

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