Asesinos con uniforme

Septiembre 29, 2013 - 12:00 a.m. Por: Antonio José Caballero

Algunos los llaman “barras bravas”, otros los maquillan como “Comandos Azules o La Guardia Albirroja”. Y aquí en Cali tenemos el “Barón Rojo” y el flamante “Frente Radical Verdiblanco”.Mientras en Medellín encontramos “Los del Sur” del Nacional y “Rexixtenxia Norte” del DIM, en Bucaramanga está “La Fortaleza Leoparda”. Aunque en todos los estadios del mundo son el terror y aquí en Colombia se convirtieron en portadores de la muerte y la destrucción.Aquello que otrora era alegre manifestación de colores, gritos, consignas e himnos, se convirtió ahora en la niebla social que se guarda en medio del fútbol pasión y saca de debajo del uniforme el cuchillo asesino o la bala que mata, aparentemente para hacer “respetar su equipo”.Vamos por partes. ¿Qué han hecho los dirigentes de nuestros equipos para reclamar y poner en cintura a sus seguidores, quienes ya no matan solo en los estadios sino que salieron con la guadaña uniformados a la calle? La semana pasada en Bogotá fueron tres los muertos por cuenta de colores deportivos diferentes a los que llevaban los matones. Pues nada hacen. Se lavan las manos y no enfrentan la responsabilidad que les corresponde. ¿Por qué no carnetizar a los hinchas para tener una idea, al menos, de quienes entran al estadio?Y qué se puede esperar de directivos como Eduardo Pimentel, quien en cada respuesta amenaza a periodistas, jugadores y críticos que no están de acuerdo con él, con suaves frases como la ya conocida en la política nacional: “¡Donde lo vea, le rompo la cara, marica!”. Es el ejemplo que da el dueño de un plantel deportivo a los aficionados.Hubo en Bogotá un programa, “Goles en Paz”, que dirigía monseñor Alirio López, el cual logró avances importantes en la regeneración de este tejido social dañado que se ampara en el fútbol. El otro día nos contaba que el alcalde Petro cerró el programa. “Es imposible luchar por la paz ante la prepotencia y la vanidad del alcalde de Bogotá”, dijo. Y aquí están los resultados mortales. ¿Y dónde dejamos la inutilidad de la policía a la entrada de los estadios? O, ¿por dónde entran el licor y los cuchillos y los revólveres?Y qué tal el ejemplo en la cancha de algunos rufianes que no conocen aquello del “fair play” y patean, escupen, insultan y rompen a sus rivales para “incentivar a sus hinchas al respeto por la camiseta”.Hace algún tiempo una madre angustiada de Ciudad Kennedy me contaba que en su casa no volvió a comprar cuchillos de cocina: “todos se los llevaron mis dos hijos al estadio y me cansé de reponerlos. Uno es barra azul y el otro rojo. Ellos salen el domingo en la tarde y no vuelvo a saber nada hasta el lunes o martes”.La estadística vergonzosa de este fenómeno en Colombia es que cada 22 días hay un muerto del fútbol y que en dos años la policía ha incautado 28 mil cuchillos y 3 revólveres en los estadios; que hay más o menos 50 mil menores en las barras bravas y 25 nombres que arropan a buenos y a malos. Los asesinos, dice la investigación, “merodean el estadio y se incrustan en la barra porque allí cualquiera encuentra pertenencia y compañía”. Ahora ya matan en la calle, a cualquier hora o día, con o sin partido.Algo podrido tiene esta parte de la sociedad que se uniforma con unos colores deportivos para asesinar aparentemente por fanatismo. Aquí hay algo más que debemos buscar, que se nota en la ira y la sevicia con que lo hacen y las series de puñaladas que asestan a sus víctimas.

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