Alegrías y amnesias

Octubre 17, 2010 - 12:00 a.m. Por: Antonio José Caballero

Mientras el mundo celebraba el rescate de los 33 mineros en el florecido desierto de Atacama, la población negra de Suárez, Cauca, recordaba sola los 21 muertos que la montaña se llevó hace tres años. Y en Zaragoza, Valle, Rocío, la barequera que llegó de López de Mica, decidió no volver a sacar oro de lo que queda del río Dagua, “porque esto se volvió muy verraco y peligroso”.En Chile hubo lágrimas de alegría. Era normal porque estos hombres le dieron al mundo una lección de convivencia, de resistencia y de humanidad al ser paridos de nuevo por la tierra que se los tragó sesenta y nueve días antes. Acá, en Suárez, hubo recuerdos y lágrimas de lo que pudo haber sido y no fue. De aquella mañana de sábado hace tres años cuando la tierra quiso mostrarse maestra, tentando la ambición de los barequeros, les puso la carnada del oro que enloquece, abrió su seno y, luego, con el río Cauca se tragó 21 cuerpos para siempre. Por fortuna, Zacarías y sus hijos le lograron quitar 24 más que quedaron heridos para contarlo.En Atacama hubo premios y emociones, proyectos de libros y películas, reencuentros y promesas de bodas. Acá, en Zaragoza, en medio del desastre que dejaron los mercaderes de la vida en lo que era la cuenca del río Dagua, una modesta barequera vestida de barro hasta las cejas, decidió no volver a trasnochar en medio del agua y del lodo porque es peligroso. “Hay hombres raros armados que te amenazan y yo tengo que criar mi hijo de tres meses porque el papá se voló, y no puedo aparecerme así en López de Micay”.Son dos emociones distintas. Allá, el gobierno de Sebastián Piñera se comprometió a sacarlos y los sacó. Y de inmediato cerró la mina San José hasta cuando esa y todas las demás “ofrezcan la seguridad que deben tener los mineros en cualquier país del mundo”. Menos en Colombia.En el túnel de la que ellos llaman “la mina de las Lajas”, Álvaro y Carlos me contaron que sus métodos primarios los obligan a prender la mecha adentro. Y, como si fuera un juego infantil, salen corriendo mientras estalla la dinamita. Luego, reloj en mano, almuerzan “mientras sale el humo” de la cueva de 140 metros “que ya muestra las primeras rayas de la veta grande, donde queremos llegar en unos dos meses”. El juego mortal continúa “porque entonces, ¿con qué le damos de comer a los hijitos?”En Zaragoza las autoridades dicen que tienen controlada la situación. Pero lo que vi dice lo contrario. Antes que pensar en salir, la gente de ese pueblo de cambuches con bomba de gasolina, mercado, coloridas compraventas ilegales de oro y restaurantes de comidas con polvo de la carretera incluido, piensa seguir allí hasta cuando el desastre que arrasa todo acabe consigo mismo.La verdad, hay policía pero falta autoridad para cumplir el desalojo. Ya las retroexcavadoras se fueron. Quedan algunas empeñadas en hacer el daño, incluidas algunas que estando contratadas para la doble calzada sacan barro del río. Quieren entrar en la fiesta del oro. Yo no se lo que decidieron el gobernador y el alcalde en su reunión en Bogotá, pero es ahora o nunca.Me aterra la frialdad con la que Mario Serrato, líder de los dueños de las excavadoras, reclama al Estado, cuando ellos fueron los invasores de terrenos públicos y causaron el desastre ambiental que no sanará en treinta años. ¿Dónde están los resultados de la investigación a CI Giraldo & Duque Ltda que, según la Policía, pasó de compañía de seguridad privada a transportar oro y dineros de la explotación de Zaragoza?¿Y cuando habrá al menos una carretera decente y educación, y seguro social para los mineros de Suárez que ya pusieron su cuota mortal en este festival del oro? Como advirtió el viejo Zacarías la mañana de la catástrofe, “la vida no retoña y por la ambición estamos jodidos”.Hay serias advertencias sobre la presencia de maquinaria destructora en Pichindé, Peñas Blancas y Anchicayá, además de denuncias sobre el desorden que han implantado los mercaderes de la coca y del oro en la Costa Pacífica caucana. Y uno se pregunta dónde está el Estado y su enorme burocracia supuestamente creada para prevenir y enfrentar las ilegalidades que causan desastres como los de Zaragoza y Suárez.

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