Una sentencia

Enero 02, 2012 - 12:00 a.m. Por: Antonio de Roux

El padre Raymond Schambach acaba de recibir un regalo de navidad que nadie desearía. La juez 1º Penal del Circuito, Beatríz Eugenia Medina, lo condenó a 82 meses de cárcel por haber cometido el supuesto delito de lavado de activos.Es una historia antigua, que comienza a principios de los años dos mil. Raymond, quien entonces se había echado encima la administración del hospital mental de Sibaté, donde vivían de la caridad más de mil enfermos, recibe la oferta de una donación formulada por conocidos hombres de empresa. Para concretar el regalo le piden dedicar una cuenta especial en determinada entidad financiera. Tras obtener el beneficio destinado a los menesterosos deja la cuenta abierta con un pequeño saldo, pensando que la misma podría ser útil en la gestión de sus otras obras.Meses después es llamado por la Fiscalía y se entera de que esa cuenta, sin su conocimiento y sin su consentimiento, ha sido usada para perpetrar una operación de lavado de dinero.Schambach queda sumido en una trampa infernal. Es claro que su firma y sellos han sido falsificados, lo cual origina una averiguación por parte de la Fiscalía. Resulta evidente que su persona fue suplantada, y la Procuraduría pide su absolución. Es inobjetable que todos los testimonios concuerdan en su absoluta inocencia y en su inmensa estatura moral. Pero el despacho penal le reclama conocimientos especializados en materia de bonos y giros, y en cuestiones de técnica financiera. También le adjudica la carga de probar que quienes cometieron el ilícito desde la entidad involucrada, no actuaban de común acuerdo con él. En otras palabras el juzgador lo coloca en una sin salida, porque en derecho y en la vida real la prueba de lo que no se hizo llega a ser imposible. Raymond es un caleño que ha vivido en espíritu de pobreza consagrado a servir a sus semejantes. Comenzó cuando apenas llegaba a la mayoría de edad adoptando legalmente y entregando su apellido, su patrimonio y todos sus cuidados a un grupo de 14 niños, quienes vivían en un orfanato en proceso de cierre. Luego fundó la Confraternidad de la Divina Providencia. A la orden se vinculan hoy en día 120 miembros, cuenta con 71 casas en actividad, tiene 700 colaboradores y acoge a 4.000 necesitados. Entre estos se registran enfermos de cáncer, lepra y Sida, así como ancianos, huérfanos y enfermos mentales. La obra, además de Colombia, opera en España, Guatemala, Ecuador, Perú y Bolivia. Cualquier juez avisado se habría dado cuenta que una persona como Ray no es un hampón, y no puede ser culpable de aquello que le imputan. Él que se ha pasado la existencia tratando de mitigar los dolores de la humanidad en parte surgidos del tráfico y consumo de drogas, no cometería la estupidez de servirse del producto económico de esa actividad maldita. Esta circunstancia inobjetable, habría podido ser comprobada por el despacho judicial con sólo considerar testimonios aportados por personas tan prestantes como el Cardenal Pedro Rubiano.Nuestro sistema judicial está en crisis porque aún hay jueces a quienes importan más las formas que los contenidos. Afortunadamente el asunto pasa ahora al Tribunal Superior del Distrito Judicial de Cali. La idoneidad de sus integrantes hace prever que las cosas aquí serán distintas y finalmente se hará la justicia.

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