Una cultura mendicante

Noviembre 21, 2011 - 12:00 a.m. Por: Antonio de Roux

Proartes y su presidenta, Amparo Sinisterra de Carvajal, nos regalaron una nueva edición del Festival Internacional de Arte. Estuvieron presentes las más importantes manifestaciones estéticas, protagonistas reconocidos de todas las latitudes, y un público entusiasta caracterizado por su juventud. El festival fue posible gracias al aporte de algunas organizaciones empresariales locales entre las que se destacan Harinera del Valle, Carvajal S.A., El País y Comfandi. Bancolombia, por su parte, fue el contribuyente principal asumiendo una cuarta parte del costo total. El Festival es la magna celebración de nuestra cultura, pero no es la única acción que Proartes materializa. La entidad vive una epopeya diaria de esfuerzos y sacrificios para mantener viva la Orquesta Filarmónica, el alma sonora de nuestra identidad. La orquesta tiene una larga historia de realizaciones y si tuviera que expresar en dos palabras sus características esenciales, mencionaría la calidad artística y la eficiencia. Lo último queda claro si se considera que ella funciona con la mitad de los cinco mil millones de pesos que cuesta al año la Sinfónica de Colombia. Muy lejos por supuesto, de los $30 mil millones destinados por Bogotá para el sostenimiento de su Filarmónica. De otra parte, en materia de presentaciones y espectáculos nuestra orquesta deja regadas a todas las demás. Más de 700 funciones en los años recientes y el montaje de la escuela de formación musical Desepaz, donde participan 150 niños, dan una idea sobre su capacidad de concretar proyectos a partir de los escasos recursos disponibles. A pesar de la prudencia extrema aplicada en la administración de la Filarmónica caleña, su discurrir no está exento de sobresaltos. Las partidas oficiales a veces no llegan, tal como sucedió con el gobierno departamental anterior el cual suspendió en forma imprevista los apoyos. Sin embargo, cuando parecía que la agrupación estaba condenada a extinguirse, las cosas se solucionaron gracias a la determinación del gobierno municipal, de Epsa y de su matriz Colinversiones. Entre las dos últimas entidades aportaron los $800 millones indispensables para asegurar la continuidad.Una sociedad que no invierte en el alma de su gente, que no apoya la cultura y visibiliza los referentes universales, es una sociedad condenada al estancamiento y la disgregación. Solamente a través de las manifestaciones artísticas es posible crear un imaginario colectivo, un lenguaje común, un proyecto de sociedad incluyente. Esta verdad esencial tiene que ser entendida por los gobiernos de nuestra región y sobre todo por nuestros empresarios, muchos de los cuales piensan ingenuamente que las condiciones sociales para el éxito de sus actividades productivas se dará por arte de magia, sin que medie su propio esfuerzo.Llegó el momento de seguir el ejemplo generoso de Bancolombia y Colinversiones, las organizaciones antioqueñas que nos vienen ayudando. Municipio, Departamento y empresarios deberían comprometerse en un gran pacto de aportes a la cultura y el arte. Así la Orquesta Filarmónica, Proartes, La Tertulia, Incolballet, Bellas Artes, el Museo Rayo y similares contarían con una base de ingresos garantizada, y los vallecaucanos podríamos evitar la vergüenza de tener una cultura mendicante.

VER COMENTARIOS
Columnistas