San Andrés e improvidencia

Diciembre 03, 2012 - 12:00 a.m. Por: Antonio de Roux

Desde hace ya más de un siglo la gestión internacional de Colombia se volvió torpe, embadurnada de politiquería, con una visión santafereña del país y sus fronteras. La primera cuota de esa improvidencia la pagamos con Panamá. Luego cederíamos Los Monjes y ahora tendremos que entregar un pedazo del Caribe, cuya superficie es superior a la de Antioquia.La pérdida en San Andrés comenzó en 1979, cuando los sandinistas asumieron el control de Nicaragua. En ese momento debimos entender que aquel país tenía razones históricas para desconocer los tratados previos. Según los comandantes vencedores, la ocupación y tutelaje gringos habrían hecho del suyo un Estado con voluntad suplantada, inhabilitado para comprometerse.Frente a ese vecino inconforme no hicimos nada. Jugamos a la avestruz, ignoramos que al firmar el Pacto de Bogotá habíamos dejado la puerta abierta para el despojo y procedía romper con la jurisdicción de la Haya. Turbay, Belisario, Barco, Gaviria, Samper y Pastrana se quedaron quietos, y a este último le estalló la bomba. La estrategia escogida y continuada por Uribe fue pobre. Se fundó en argumentaciones sobre el Derecho de los Tratados. No consideraron convocar a las comunidades afectadas, los raizales, que habrían podido brindar a nuestra defensa un enfoque distinto, de corte social y medioambiental, alineado con lo que hoy se debate en los tribunales internacionales. Para ser justos cabe señalar que Santos encontró hechos cumplidos.La cosa, sin embargo, pudo ser peor. Al fin y al cabo conservamos las islas y los cayos; la navegación de tránsito está garantizada por las normas vigentes, y los derechos de pesca pueden concertarse entre los Estados involucrados, como han hecho decenas de países vecinos. El punto complejo es el de la explotación petrolera en la región, posibilidad que corresponde rechazar con firmeza. Como lo han dicho múltiples organizaciones ecologistas, es cuestión de responsabilidad con el ambiente y con la humanidad. Afortunadamente en esta lucha no estaremos solitarios. Todo el planeta debe oponerse a que se desintegren esos frágiles ecosistemas y se afecten para siempre aquellos mares de ensueño.La improvidencia con que manejamos lo de San Andrés me ha traído a la memoria el episodio de Panamá. En ese entonces y por razones vinculadas a la politiquería conservadora, desde Bogotá designaron como gobernador al señor José Domingo de Obaldía, un separatista. También por razones baladíes, nuestro Congreso se negó a tomar una decisión con respecto al tratado para construir el canal, una prioridad estratégica de los norteamericanos. Las consecuencias de este rechazo eran previsibles. Tanto que a Luis de Roux García de Paredes, representante a la Cámara por Panamá y tío de mi padre, no le tembló la voz para dejar una constancia en la corporación, cuando vio que la estupidez de Gobierno y Congreso llevarían al cercenamiento. En su manifestación expresó: “Señor Presidente: Dígnese vuestra excelencia ordenar que conste en el acta del día de hoy que el Representante por la Provincia de Panamá conceptúa peligroso para la integridad nacional que el actual Congreso se disuelva sin resolver el problema del canal interoceánico. Yo haré uso de esta declaración para justificar mi previsión cuando los hechos se hayan cumplido…”.

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