Oportunismo y paz

Agosto 27, 2012 - 12:00 a.m. Por: Antonio de Roux

La cosa estaba cantada en diciembre del 2007. Buena parte de la opinión pública tenía claro el asunto: el Coronel Santoyo, a punto de ser ascendido a General de la República, era indigno de ese honor.Al sujeto lo precedía una fama siniestra. Cerca de dos mil interceptaciones ilegales, dos desaparecidos relacionados con esas interceptaciones, sospechas de tráfico de armas, vínculos con los paramilitares y con la Oficina de Envigado, varias investigaciones de la Procuraduría. Pero los hijos de las tinieblas son astutos y recursivos. El individuo no atacaba el fondo de los cargos, jugaba a dilatar, a que vinieran las prescripciones con su manto de impunidad para desvanecer los procesos. Estas circunstancias y mucho más, se incluía en la información sobre Santoyo manejada por los congresistas. Sin embargo, había una orientación palpable y venía de Palacio: es un hombre de confianza del Presidente, y se debe aprobar su ascenso. La aplanadora uribista actuó para concederle a un hampón el título más alto de la carrera castrense, mancillando de paso el honor de los generales que tiene y ha tenido la República, quienes casi sin excepción brillan y brillaron por ser patriotas integrales.El senador Robledo no es santo de mi devoción, pero tuvo el valor de dejar una constancia en el Senado sobre esta promoción indignante: “Hay días como este en que a mí me asquea lo que sucede y me dan ganas como de coger la credencial de congresista y tirarla a la basura”, expresó.Un agravio a la conciencia y a la reputación de Colombia de esta magnitud, no podía pasar desapercibido. Alguien tenía la responsabilidad política del esperpento. Cuando las miradas apuntaban hacia Álvaro Uribe, quien durante ocho años mantuvo un Congreso amaestrado, el expresidente lanzó una cortina de humo. Lo hizo golpeando el asomo de paz que despuntaba, y acusando de traicionero e inepto a su sucesor: “Lo que quieren es negociar con las Farc y no proteger al pueblo colombiano”, espetó.Es una pena que Uribe esté instrumentalizando, poniendo al servicio de sus intereses personales una cuestión tan trascendental como la paz de Colombia, cuya búsqueda constituye imperativo de todo gobierno. Como bien lo percibe Santos este asunto no puede dilatarse indefinidamente. Para hacer claro el origen de tal urgencia, me valgo de las expresiones que escuché en una conferencia reciente: “La guerra ha destruido las comunidades campesinas, ha pervertido las organizaciones populares, ha desbaratado el tejido social, ha roto la política, ha corrompido a las administraciones, ha empantanado las economías rurales en la locura de la cocaína. Y la guerra destruye a las personas que toman las armas para hacer la guerra. Nosotros estamos en eso. La más grande de las tajadas en que se distribuye el ponqué del presupuesto va para la guerra que es la que tiene el dinero, no las escuelas, no la salud, no la infraestructura, la guerra tiene la plata para que nos matemos los colombianos. Por eso la guerra de las Farc es injusta, la guerra del ELN es injusta, la guerra de los paramilitares es injusta, y es injusto que el Estado y dirigentes de la sociedad se empeñen en esta guerra”.Presidente Santos, siga adelante con la paz, usted está en lo correcto. Quienes se oponen por oportunismo no merecen nuestro aprecio.

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