Negocio electoral

Abril 22, 2013 - 12:00 a.m. Por: Antonio de Roux

Como dijo el pastor John Milton Rodríguez “lo escrito, escrito está”. Por eso he releído varias veces el acuerdo firmado con motivo de las elecciones, entre este religioso y los candidatos al Congreso Roy Barreras y José Luis Arcila. En el documento estos personajes se comprometen a facilitar la consecución de recursos para los proyectos impulsado por Rodríguez; a no secundar el matrimonio entre individuos del mismo sexo, ni la adopción por tales parejas; a recibir en sus unidades de trabajo personas pertenecientes a la iglesia de Rodríguez, y a impulsar candidatos de esa feligresía a la Asamblea del Valle y a los concejos de Cali y Yumbo. A cambio el Pastor, acepta facilitarles interlocución con dos mil de sus líderes; difundir las propuestas de los candidatos y proveerles al menos 60 testigos el día de elecciones. En conclusión, las partes perfilaron un negocio en el cual se buscaban beneficios electorales a cambio de favores concretos.Muchos critican los métodos de Rodríguez y no son pocos sus malquerientes. Quizá ello se deba a lo fulgurante de su carrera. Pasó de ocupar un cargo medio en Lloreda Grasas, a la conducción de una multinacional religiosa, cuyos ingresos se cuentan en millones de dólares. Estos resultados no se logran porque sí. En el fondo está su talento empresarial; su capacidad para mercadear y convencer; su habilidad para crear durante las celebraciones litúrgicas un ambiente intenso, que incita a efectuar donaciones generosas, facilitadas por la disposición dentro del templo de múltiples datafonos y cajeros automáticos. Tal proceder, tachado por algunos como manipulación económica, no sería en si mismo reprochable. Existen otras congregaciones en las cuales los diezmos y contribuciones son obligatorios. Agrego algo más, aunque la opción que él representa no es la mía, reconozco que su predica hace bien a personas deseosas de encontrar caminos alternos para su espiritualidad. Pero considero que los entonces congresistas Barreras y Arcila, al igual que John Milton, se equivocaron con aquel negocio y dieron un mal ejemplo. En primer lugar, cuando los aspirantes a una corporación pública se comprometen en sigilo a servir un interés particular, están engañando a los electores. Estos sufragarán desinformados, pensando equivocadamente que el candidato esta libre de ataduras y se regirá en su desempeño tan solo por los criterios y los programas publicitados. A lo anterior se suma el hecho de que este pacto, cuya licitud es cuestionable, jamás podía producir efectos. Si los aspirantes al Congreso ya elegidos llegaran a cumplir lo convenido, quedarían como violadores del Régimen de Incompatibilidades consagrado en la Constitución Nacional. Según esta normativa, los congresistas no pueden adelantar gestiones en nombre propio o ajeno ante las entidades oficiales. Además, aquellos incursos en el tráfico de influencias, se sancionan con la perdida de la investidura. Puestas las cosas así, a Barreras y Arcila al ser elegidos apenas les quedaba la salida de incumplir, de poner conejo.No voy a hacer señalamientos en un caso de tanta complejidad. Eso corresponde a las autoridades judiciales. Me limito a repetir que los involucrados cometieron una grave equivocación, y lo mínimo que pueden hacer frente a la opinión pública es reconocerlo.

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