Mi Cali fea

Noviembre 08, 2010 - 12:00 a.m. Por: Antonio de Roux

Cali es la única ciudad del mundo a cuyo sistema de distribución eléctrica le salen orejas. Son rollos de cable colgados de los postes aquí y allá. Elementos almacenados abusivamente en las alturas del espacio público. Están a la espera de que un aumento en la demanda justifique su despliegue. La parte principal del desmán, según parece, es cometida por algunas empresas operadoras de telecomunicaciones por suscripción. Hemos llegado al punto de que en ciertos sectores residenciales de esta urbe se alza la mirada tan sólo para encontrar una madeja desordenada de alambres. La cuestión es tan ofensiva que un observador desprevenido podría sentirse en los arrabales de Bombay o Bangkok. Ni para qué hablar de las torres de comunicación que se tomaron los cerros. A las Tres Cruces y a Cristo Rey podríamos cambiarles los nombres, pasar a denominarlos el Cerro Puercoespín y el Cerro Erizo. Plagados como están de antenas, de grandes espinas metálicas, de púas enormes repartidas a lo largo y ancho de sus lomos, no merecen otra denominación. ¡Ah! Se me olvidaba mencionar las torres de telefonía celular esparcidas sin control, sin que a nadie importen sus emisiones electromagnéticas, ni las perturbaciones de salud correspondientes. No quiero ser negativo, más aún, debo reconocer que en los tres años del gobierno actual hay mejoras en varios aspectos. Pero en lo paisajístico y en lo estético Cali continúa por la senda del desmoronamiento. Estamos a distancias siderales de ser el “sueño atravesado por un río”, que cantara Eduardo Carranza. Pronto ni siquiera seremos un “parqueadero con obispo”, calificativo que nos adjudicó la pluma iluminada e insidiosa de Porfirio Barba Jacob.Hace unos meses Raúl Fernández de Soto sacó a la luz un libro que no debería faltar en ningún hogar o institución local, y que se denomina ‘Cali, una nueva mirada’. La obra constituye un verdadero poema gráfico, una elegía a las bellezas de nuestra ciudad, el referente obligado para quienes aman este terruño. La gracia de la publicación consiste en presentarnos la urbe de siempre, la que habitamos y frecuentamos, pero sin esos manchones insoportables que son el cablerío desbordado, el espacio público invadido, las torres de celulares y de comunicación plantadas indiscriminadamente. El libro, en resumen, viene a recordarnos cuál es esa ciudad a la que tenemos derecho, la que nos arrebataron, aquella que estamos en mora de rescatar. Uno no puede dejar de preguntarse sobre qué se puede hacer para avanzar en el sentido indicado, y acabar el ‘feísmo’ y la ramplonería ensañados con el paisaje urbano. Lo primero y más importante sería cambiar la actitud de las autoridades. Estas deben valorar la oportunidad pedagógica ofrecida por una ciudad en la cual lo estético tiene lugar principal. En segundo término es necesario emitir regulaciones drásticas para controlar la invasión de cables, la instalación de antenas y todas las formas de contaminación visual. Así lo han hecho las ciudades importantes del mundo y nosotros no podemos quedarnos atrás. Finalmente se debe acometer un plan ambicioso para entubar y enterrar tanto las líneas eléctricas como las de telecomunicaciones. Esto último cuesta, pero si no lo hacemos tocará recoger la expresión “mi Cali bella” y comenzar a hablar de “mi Cali fea”.

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