Los nativos dan ejemplo

Noviembre 17, 2014 - 12:00 a.m. Por: Antonio de Roux

Nuestra justicia penal es una vergüenza. Las acciones de la fuerza pública por capturar a los hampones terminan con frecuencia en órdenes de excarcelación apresuradas, sin sustento. La mediocridad y la corrupción se conjugan en muchos jueces y fiscales para producir este resultado. La política criminal diseñada por especialistas de “altísimo nivel”; aprobada a pupitrazos por los padres de la patria; adoptada por esa Colombia blanca, centralista y con ínfulas de intelectualidad, es poco lo que funciona. Por contraste en el caso de los guardas indígenas recientemente asesinados, las autoridades ancestrales demostraron eficacia y valentía, sobreponiéndose incluso a las amenazas. Como aquella de las Farc que habría declarado objetivo militar a veintiséis de los lideres nativos. Los dirigentes del Pueblo Nasa están dándole una lección a Colombia al demostrar que es posible impartir justicia pronta y cumplida: el culpable es capturado sin dilación, se profiere sentencia de inmediato y la pena se aplica. El bien comunitario prima sobre el interés particular. Sus procedimientos son distintos y susceptible de mejora, pero no por ello se los puede tachar de arbitrarios. Ahora bien, sería mejor si nuestros indígenas estuvieran en condiciones tener sus propias cárceles. Si no les tocara entregar sus reos a esa entidad destartalada y proclive a las fugas que es el Inpec.Como consecuencia de tener un sistema criminal inepto la ola de delitos crece, toca todos los sectores de la sociedad. Los ciudadanos sin excepción sabemos de situaciones que podrían haberse evitado si la justicia actuara con oportunidad y rigor. A la joven de Siloé Lizeth Dayana Castillo la mató una bala disparada por pandilleros activos en aquel sector, quienes hace años deberían estar pudriéndose en la cárcel. Este caso es similar al de un condiscípulo mío.Conocí a Arleth Corredor en el jardín infantil cuando recibíamos las primeras letras. Era una escuela de garaje ubicada por los lados de la Avenida Roosevelt. Allí la falta de recursos materiales era suplida por la pasión docente y la experiencia de su propietaria, la maestra caucana Laura Casas de Villa. Más tarde nos reencontramos con Arleth en el colegio Berchmas, institución donde se destacó por sus dotes deportivas. Luego estudiaría humanidades mientras desarrollaba su negocio de producción de alimentos para consumo animal. También fue promotor cinematográfico. Este campo tenía para él un sentido de compromiso social. Quería apoyar jóvenes protagonistas y productores deseosos de labrarse un futuro en el complejo mundo del celuloide.En aquella semana siniestra de octubre cuando los asesinatos en Cali se contaron por decenas, Arleth se convirtió en una víctima más. Lo mataron a puñaladas por la espalda. Hay claros indicios de que el victimario fue un sujeto incurso en otros delitos, el cual gozaba de libertad provisional otorgada por uno de tantos jueces sin criterio.El asunto de fondo es que nuestro sistema penal no fluye, tiene demasiados vericuetos que propician la impunidad, llega a ser inoperante. Pareciera más bien diseñado por quienes defienden a los delincuentes. La justicia penal inútil que creamos los blancos debe replantearse. Estamos en mora de dialogar con las autoridades indígenas para incorporar a las soluciones su experiencia y su sabiduría.

VER COMENTARIOS
Columnistas