La Quisquina y la fe

Diciembre 17, 2012 - 12:00 a.m. Por: Antonio de Roux

En una fecha que ubico ya avanzada la década de los años 50, corrió la voz en Cali de que la Santísima Virgen se le había aparecido a una persona joven en la Quisquina, zona montañosa de Palmira. Muchos creyentes no dudaron en contratar carros de alquiler o buses escalera para llegar hasta aquel lugar. Mi mamá tomó el mismo camino, trayendo de regreso flores del campo, moras de castilla y garrafas de “agua milagrosa”. Esta provenía de un raudal terso que serpenteaba por el paraje donde ocurrió el supuesto prodigio. Pasaron las semanas y un día apareció en la ciudad un rebrote de disentería. Mi madre atendiendo el llamado de la solidaridad, distribuyó sus reservas del líquido entre las amistades y la familia. La curación de los enfermos fue inmediata. Mi padre por su parte, comenzó a lucir una sonrisa socarrona, hasta que alguien le sacó una sentencia que puso las cosas en claro: “Al otro día de llegar las botellas cambié su contenido por agua del acueducto de Cali, para poder evitar las amibas. El milagro se hizo por la fe en el Señor y en María, no por el líquido”.Un tiempo antes, cuando corría el año de 1945 y en Sicilia, Italia, ocurrió algo sin precedentes. En un lugar homónimo a la vereda palmirana, conocido como Bosque de la Quisquina, se produjo un atentado con arma de fuego contra monseñor Giovanni Peruzzo, obispo de Agrigento, quien era famoso por defender al campesinado frente a ciertos empresarios vinculados a la mafia. Como a consecuencia de los disparos la salud del prelado se deterioraba por instantes, las monjas de un monasterio vecino ofrecieron la vida de diez jóvenes profesas a cambio de la recuperación del jerarca. Según el magistral relato de Andrea Camilleri en su libro ‘Las ovejas y el pastor’, la salvación milagrosa del clérigo aconteció después de que las religiosas elegidas entraran en un ayuno tan riguroso que las condujo a la muerte. El asunto desconocido incluso por las autoridades eclesiásticas, quedó sepultado por el secreto de clausura, hasta que en 1956 el llamado del voto de obediencia puso a la abadesa en la necesidad de hacerlo público.Historias como estas me vienen cuestionando a raíz de los acontecimientos relacionados con el padre Alfonso Llano S. J., y surge entonces una pregunta forzosa: ¿Qué es lo que lleva a un cristiano o a un católico a ser creyente, a tener una fe abrazadora, capaz de hacer milagros y mover montañas? La respuesta es compleja. Aparte del necesario designio de la Providencia, la fe en algunos será jalonada por el sentimiento, en otros por las tradiciones, mientras muchos estarán movidos por intrincados argumentos y disquisiciones. No tengo duda de que el padre Llano con sus escritos le ha hecho bien a innumerables personas, especialmente a las que conforman el último de los grupos mencionados, aquellos que sienten necesidad de cimentar sus creencias en hermenéuticas elaboradas.El problema, sin embargo, es que los planteamientos provenientes de su pluma, tan legítimos entre los ilustrados y entre los especialistas que van a la vanguardia buscando nuevos horizontes para la teología, son apenas hipótesis. No constituyen un producto acabado. Pueden perturbar en materia grave esa fe misteriosa, sencilla y confiada que es un regalo de Dios y asiste a la mayoría de los creyentes.

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