La cultura y el poder

La cultura y el poder

Abril 25, 2011 - 12:00 a.m. Por: Antonio de Roux

Jueves Santo en Roma. Los turistas pululan como siempre, pero la invasión mayor vendrá el próximo fin de semana. Llegarán peregrinos de todo el mundo para celebrar la beatificación de Juan Pablo II. Mientras tanto el plato del día es el concierto ofrecido en el Auditorio de la Villa Olímpica. Dirige Claudio Abbado y ejecuta Martha Argerich, la iluminada pianista argentina. En la oportunidad se reúnen tres orquestas, más de ciento veinte músicos. Entre ellos se cuentan decenas de violinistas y de virtuosos del chelo. En la capital de Italia, y honrando su conocido carácter cosmopolita, se ofrece un programa musical completamente francés. La Mer de Debussy revienta en una noche de luna primaveral nítida y fresca. Más adelante la Argerich hipnotiza con su interpretación del concierto en Sol para piano de Maurice Ravel. El director Abbado ha entrado en trance. Sin abandonar la autoridad sus facciones son ahora inspiración pura. Lo que estamos viendo parece provenir de un prestidigitador. Su mano izquierda de dedos largos y finos danza en el espacio describiendo arabescos. La batuta en la derecha vuela como una mariposa sin alas, extrayendo de la orquesta sonidos capaces de expresar todos los paisajes y todos los sentimientos. También las miserias y las exaltaciones extremas que puede llegar a albergar un corazón humano. Giorgio Napolitano, el presidente de la República, la cara decente de las instituciones italianas, está presente. En el intermedio, corre a felicitar a los protagonistas. Espectáculos de este calibre no se producen gracias al solo deseo. En el caso que nos ocupa están de por medio el Ministerio Italiano de la Cultura, la Municipalidad de Roma, el Gobierno Regional del Lazio, varias organizaciones no gubernamentales comprometidas con el arte y algunas empresas privadas. Todo ello expresa una política de Estado cuyas raíces se pierden en el imperio romano y en las señorías humanistas del renacimiento, Mussolini no fue indiferente a las artes escénicas, destinó grandes recursos a la cinematografía y puso en marcha la construcción de Cinecitá. Por supuesto que tenía razones. En un país de adictos a ese medio, el cine representaba un conducto privilegiado para promocionar los ideales delirantes perseguidos por el fascismo. A propósito considérese que durante 1941 se vendieron en Italia 424 millones de boletas. Esto significa que cada habitante del país, incluidos ancianos y niños, habría asistido al menos a diez funciones a lo largo del período. La capital de Italia fue otra tras haberse encontrado con la industria del celuloide. Después de la guerra vendrían producciones tan famosas como ‘Roma Ciudad Abierta’, ‘La Dolce Vita’ y ‘Vacaciones en Roma’. Llegaron entonces los mejores actores, productores poderosos y los más grandes ‘registas’. Se multiplicaron las oportunidades y el empleo. Una ciudad que había vivido largos años de decadencia volvió a renacer, rescató su carácter de referente universal en materia de arte, cultura, vida social, diseño, modas. La cuestión aterriza forzosamente en Cali. ¿Cuál es la estrategia gubernamental para lograr que la actividad cultural en la ciudad se fortalezca? ¿Cómo les haremos entender a las autoridades de turno que sin Orquesta y sin museos se nos morirá el espíritu?

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