El sapo y el alacrán

Julio 16, 2012 - 12:00 a.m. Por: Antonio de Roux

Tengo un gran respeto por nuestras Fuerzas Armadas y creo que están conformadas esencialmente por héroes verdaderos. Pero esta claridad no me impide pensar que en la guerra librada al suroccidente de Colombia, se viene dando un cambio del balance estratégico desfavorable a las instituciones de la República. Los partes de normalidad emitidos por los voceros oficiales son tan contraevidentes que resultan ofensivos. Es incomprensible que el Comandante del Ejército, haya salido a afirmar que en Toribío “no ha habido problema mayor”, en un momento en el cual las bombas arrojadas todavía hacían cimbrar las viviendas.Ante unas fuerzas del Estado incapaces de dar resultados la gente y en particular las comunidades indígenas se consideran desprotegidas. Los pobladores están informados del esfuerzo presupuestal realizado para dotar a nuestros efectivos de tecnología de punta, armas sofisticadas, pertrechos abundantes y una capacidad de movilización aérea sin precedentes. Frente a esto se preguntan por qué no se cortan las líneas de abastecimiento y desplazamiento de los subversivos; por qué se les permite estirar sus zarpas y alcanzar los núcleos urbanos; cuál es la razón para que falle la contención en el campo y se atrincheren efectivos en los poblados o en sus inmediaciones.El cuestionamiento va más allá. Los habitantes vienen descubriendo que el modelo actual de guerra dista de proporcionar una seguridad sostenible. Las fuerzas del orden copan el territorio, pero con ellas no arriba el Estado ni los servicios esenciales en materia de justicia, salud, educación, comunicaciones. Incluso, cuando se produce el movimiento de la tropa hacia otros parajes, queda el espacio vacío, permeable a una guerrilla deseosa de pedir cuentas a la población, enjuiciar, tomar venganza. Consideraciones de esta naturaleza son las que asisten a los indígenas del Cauca en su propósito de expulsar del territorio tanto a la insurgencia como a los combatientes enviados por el Gobierno. Los dirigentes nativos no son infiltrados ni oportunistas y están profundamente comprometidos con las comunidades y su bienestar. Sin embargo, se les podría estar yendo la mano en idealismo.Como lo han hecho notar otros comentaristas, la cuestión es que aún si se logra el retiro momentáneo de los contendores, aquella parte de Colombia quedaría a merced de la guerrilla. Esta seguirá perturbando, repartiendo amenazas y reclutando. Tampoco cumplirá los compromisos, porque su sustento y la viabilidad de su proyecto se apoyan en el cultivo y tráfico de drogas ilícitas, actividades que requieren total control del territorio.A los líderes indígenas se les está olvidando que las buenas intenciones no cambian la naturaleza de las cosas ni de las personas. Al respecto es oportuno recordar la fábula del sapo y el alacrán. Un alacrán le imploraba a una sapo que lo dejara trepársele encima y lo pasara al otro lado del estanque. El batracio contestó que si hacía ese favor, tarde o temprano recibiría como pago un aguijonazo. Tan persuasivo se mostró el alacrán que el sapo accedió a prestarle el servicio. El desenlace, sin embargo, no sorprendió a los habitantes del estanque. Cuando ya estaban llegando a la orilla opuesta el escorpión clavó la ponzoña en el lomo del su eventual transportador y lo mató.

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