Apaches y matrimonio

Julio 02, 2012 - 12:00 a.m. Por: Antonio de Roux

Conversaba con mi mamá hace un tiempo sobre los alarmantes signos de descomposición registrados en las cámaras legislativas, y de pronto salió con algo que por estos días he recordado: - Mijo, expresó, el problema de este país es que el Congreso de la República se ha ido llenando de apaches. A pesar de su edad avanzada, ella tenía presente que en lenguaje castizo el apache es un salteador de las grandes poblaciones. Además, conservaba un alto punto de referencia en materia de servicio público. Su padre había presidido el Senado 70 años atrás, época en que la política era actividad de gente decente, reservada a los honestos y dignos.Con el paso del tiempo sucedió algo inconcebible, los apaches enquistados en el Congreso se multiplicaron, se hicieron mayoría siendo capaces de imponerse sobre los parlamentarios honorables, que también los hay. Los indeseables llegaron a campear movidos por un ánimo tan subversivo y torvo como el de los miembros de la narco guerrilla. Dispuestos unos y otros, a hacer cualquier cosa con tal de consolidar un estado de cosas donde se garanticen sus beneficios espurios. La oportunidad se les presentó con el trámite de la reforma a la Justicia. Entonces se la jugaron toda, llegando a intentar un golpe de Estado para salir adelante con su designio. Digo golpe de Estado, porque eso fue lo que se quiso perpetrar en las sesiones del pasado mes de junio.Pero paradójicamente, cuando se concilió el proyecto de reforma en contravía de la opinión ciudadana; cuando se intentó consagrar prebendas personales, o dárselas a otros a cambio de favores; cuando se estipuló un sistema que facilitaba la impunidad de los altos servidores públicos, quedó claro que lo resultante era apenas una forma vacía y sin poder vinculante. Un texto amañado y subversivo, por cuya redacción han de responder quienes participaron en la trapisonda.A pesar de la responsabilidad que pudiera corresponderle en la situación, el Gobierno salió al paso y logró sepultar el esperpento. Lo actuado en este sentido se ampara en presunción de legalidad. Si la Corte Constitucional quisiera modificarlo en el futuro, tendría que hacerlo con el cuidado de no permitir la impunidad de los congresistas y de los funcionarios hoy empapelados. En relación con los acontecimientos queda una reflexión de fondo: el Ejecutivo debe tener presente que los colombianos ya no confiamos en este Congreso, no creemos que las reformas estructurales en materia de impuestos, pensiones, salud y erradicación de la corrupción, entre otras, puedan ser adelantadas de manera diligente y confiable por los actuales ‘padres de la patria’. La anterior consideración tiene consecuencias concretas. Si el doctor Santos desea la reelección le toca escoger: o hace causa común con una ciudadanía cada vez más consciente y deliberante, o se queda con los íncubos de la politiquería tradicional. Esto último sería un error histórico. Colombia no tiene posibilidades de desarrollarse y ser competitiva si no se transforma la manera de hacer política. En otras palabras, si el Presidente quiere continuar necesita acabar el matrimonio por conveniencia con los apaches y contraer un matrimonio por amor con la ciudadanía. El camino no es fácil, pasa por la revocatoria del Congreso, pero es el único plausible.

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