Una misma sonrisa

Agosto 28, 2010 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Si se define la cultura vallecaucana por la música, más allá de la salsa que es, después de todo, una invención foránea relativamente reciente, hay que ir a dos fuentes lejanas y opuestas que podrían clasificarse como la música blanca y la negra; o para no hacer una diferenciación racial, la del interior y de la costa; o para ponerlo en términos más musicales, la de la guitarra, el tiple y la bandola, y la de los tambores y la marimba. O todavía mejor, la melodía y el ritmo.Difícil imaginar dos culturas y estilos más diferentes y opuestos, que terminaron conviviendo y mezclándose en el país vallecaucano. La una melancólica, la otra vital; la una romántica, la otra pasional; la una producto de una cultura urbana que soñaba con el campo, la otra de una cultura rural que soñaba con África. Los paladines de esa música que sonó todo el Siglo XX y sigue tan campante, fueron Pedro Morales Pino, nacido en Cartago en 1863, pero educado musicalmente en Bogotá, y Petronio Álvarez, un maquinista del ferrocarril de Buenaventura a Cali, que componía en sus ratos libres. El Festival del Mono Núñez y el Festival Petronio Àlvarez son hoy los albaceas de esas dos herencias musicales, aún orgullosamente independientes, sin las cuales no puede explicarse la identidad vallecaucana.Ambos mundos, tan disímiles, se unen en los compositores clásicos regionales que toman las melodías de ambas vertientes, las vierten en los moldes de la composición clásica y las funden en una música universal. Ese es el resultado del bello e imaginativo experimento que ha hecho la Emisora de la Fundación Carvajal, que lleva treinta años emitiendo programas de música culta y música folclórica, de esa que va quedando en el corazón del pueblo. Para lograr este primer volumen de una colección ambiciosa que apunta a crear un paisaje musical colombiano, la emisora, o mejor dicho doña Amparo Sinisterra de Carvajal, que ha sido su alma y nervio, ha hecho una recopilación de lo mejor de la música andina y del Pacífico, producida en lo que hoy es el departamento del Valle del Cauca, en sendos discos, que preceden a un tercero donde los compositores clásicos regionales recogen ritmos y melodías de uno y otro origen y los ponen a sonar en las orquestas clásicas. El resultado es un desfile por las planicies y las montañas y los esteros y las playas y las salas de concierto, que explica mucho el carácter musical de la región. Y explica de paso también, cómo la salsa, que es una mezcla de ritmos modernos y antiguos, blancos y negros, rítmicos y melodiosos, encontró una tierra tan fértil entre nosotros.Y es que el camino que va de ‘Leonilde’, el pasillo de Pedro Morales Pino que ha sonado más de cien años, los valses, las polkas, los bambucos, cuyo centro de producción ha sido Buga y sus alrededores, se encuentra con aquel por el cual transcurren los currulaos, las jugas, los alabaos, que suenan a lo largo de toda la Costa del Pacífico con un sólo retumbe de tambores, en la música de Antonio María Valencia, Luis Carlos Figueroa, Santiago Velasco Llanos, Alberto Guzmán, Héctor González y Mario Gómez Vignes, quienes han llevado a las salas de conciertos, con similar dignidad y belleza, esos sonidos creados en la intimidad de las haciendas o en el espacio abierto de las playas, que son, más que cualquier otra cosa, el Valle del Cauca. Lo uno y lo otro, fundido en el mestizaje, dos caras de esa cultura unidas por una sonrisa que encuentra en la música tanto regocijo.

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