Cui prodest

Septiembre 02, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Frente a la comisión de un delito solían los juristas romanos hacer la pregunta con la que he titulado esta nota, y que traducida sería ¿a quién beneficia? Porque detrás de un delito existe, por lo general, un beneficiario, o sea la persona que saca provecho del hecho criminoso, argumento muy usado en el teatro y en el cine: el pretendido heredero que paga por la muerte de su padre; los amantes que asesinan al marido para quedar en libertad, en fin, una serie interminable de temas que han alcanzado renombre en las salas cinematográficas y en las tablas.Viene este asunto a mi mente cuando observo la tragedia de tantas personas que son juzgadas por haber cometido delitos que no las beneficiaban a ellas sino a un tercero, quien, con su cara de “yo no fui”, anda feliz arreglando entuertos extranjeros, mientras en su patria jueces y fiscales buscan el castigo de conductas violatorias de la ley penal que ellos imputan a varios sujetos del pasado gobierno.Causa tristeza ver a Mario Aranguren, excelente funcionario cuando fue director de la Dian, con los ojos inundados de lágrimas porque el juez le negó la detención domiciliaria con la tesis de que es persona socialmente peligrosa, y por eso fue a dar a la cárcel.¿Cuál fue el crimen de Aranguren? Ser ‘lambón’. Creyó hacer méritos con su superior jerárquico y siendo director de la Unidad de Investigación y Análisis Financiero le pasó al Das información reservada sobre movimientos financieros de magistrados de la Corte Suprema de Justicia, en ese momento en riña tremenda con Álvaro Uribe. Aranguren filtró datos de declaraciones de renta y transacciones bancarias de los togados, que le tienen al borde de una sentencia de varios años de prisión.¿Y qué tal los ex funcionarios del DAS? Allí están en el banquillo de los acusados respondiendo por las ‘chuzadas’ de los teléfonos de esos mismos magistrados -y de miembros de la oposición- por medio de las cuales se enteraban en Palacio de todo lo que hablaban, inclusive en las sesiones privadas de la Corte, pues fueron instalados micrófonos secretos que permitían conocer hasta las mismas intimidades de los ‘chuzados’. ¿Tenía esa gente del DAS interés personal en conocer lo que oían a través de los teléfonos intervenidos? No. Simplemente eran otros ‘lambones’ que hacían méritos ante el Supremo, seguramente para lograr mejores destinos. Los resultados de las perversas intervenciones eran llevados en bandeja, como rico manjar, al comedor de la Casa de Nariño.Pero el caso más conmovedor es el que tiene a las puertas de la cárcel a Sabas Pretelt y a Diego Palacio, par de ‘lambones’ que creyeron dar inmensa prueba de lealtad al jefe con la consecución de votos en la Cámara de Representantes para que la reelección fuese aprobada. Para ello contaron con el candor, para llamarlo de alguna manera, de Yidis Medina y Teodolindo Avendaño, a quienes, según la investigación, les ofrecieron prebendas que fueron cumplidas. Ambos purgan condenas. Y ahora la Fiscalía debe pronunciarse sobre la responsabilidad que en ese descomunal cohecho les cabe a los dos ex ministros.¿Beneficiaba ese delito a Pretelt y a Palacio? En nada. Otro era el beneficiario de la hazaña. Por eso, juzgo que no sobra la pregunta romana, cui prodest, para que la justicia llegue a quien de veras debe responder, porque, como escribió Séneca, “el autor del delito es aquel a quien el delito aprovecha”.

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