Reinserción para la paz

Abril 29, 2016 - 12:00 a.m. Por: Angela Cuevas de Dolmetsch

Para aquellos que vivimos en la otra Colombia, los que hemos participado en el progreso, los que tenemos celulares, tabletas, computadores, motos, carros, chateamos y vamos de vacaciones así sea a los balnearios de Jamundí, es difícil visualizar como sería la reinserción de los excombatientes de las Farc.Según el último conteo hay alrededor de 6700 personas armadas sin incluir las redes de apoyo urbanas, que no conocen la propiedad privada. Sus únicas pertenencias son una mochila con una hamaca, una cobija, un radio, una linterna, artículos básicos de aseo  y dos mudas, según se lo manifestaron a la revista Semana  que visitó recientemente el bloque oriental de las Farc. La vida es comunal, hacen fila para comer y cuando se bañan al aire libre no abandonan sus AK-47. Son la tercera generación de combatientes de las Farc.  Crecieron en la guerrilla de padres guerrilleros o reclutados a una temprana edad y su única familia y figura de autoridad son los comandantes. La edad promedio es de 33 años y no había jóvenes, aunque a lo mejor sí los hay en algún otro sitio no apto para la inspección de la prensa. Esos 6700 combatientes, hombres y mujeres, nunca han manejado dinero, no han tenido ambiciones ni tomado decisiones propias. Sus necesidades básicas de techo, comida y salud han sido resueltas por el Secretariado. Duermen en caletas sin mucha intimidad y aunque se aparejan la familia nuclear no existe. Han vivido en sociedades colectivas y no pueden imaginarse nada distinto, la familia fariana es el grupo al cual pertenecen y piensan que vivirán siempre juntos.   No tienen estudios formales y la educación se basa en el concepto del adoctrinamiento. Llegaron analfabetas posiblemente al momento de las conversaciones del Caguán. Aprendieron a leer en el monte con los textos marxistas. Ellos mismos dicen, “Todo nos lo dan aquí, desde las medicina hasta las paletas”.  ¿Como se visualiza la participación en la sociedad civil? Para ellos no es regresar a unas familias enterradas en el recuerdo y empezar la dura lucha por el rebusque. Si los campamentos de transición son los sitios rurales que ellos reconocen habrá necesidad de construirles ciudadelas colectivas de propiedad horizontal donde tengan asegurada la vivienda, los servicios, la educación, con agroindustrias monitoreadas hasta que sean autosuficientes. Sigo pensando que el modelo es la eco-aldea Nashira manejada por las mujeres, ciudadelas de puertas abiertas donde no hay asesinatos y se ha erradicado el embarazo en las adolescentes. La experiencia del M-19 no fue fácil. Pocos se convirtieron en empresarios. La mayor parte ingresaron a la política, los dineros que les dieron para comprar taxis, supermercados, tiendas se fueron desapareciendo y terminaron reducidos al clientelismo de aquellos que si lograron escalar en la política. ¿Cuál irá a ser la suerte de las Farc?Sigue en Twitter @Atadol

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