Firmas y candidatos

Agosto 26, 2011 - 12:00 a.m. Por: Angela Cuevas de Dolmetsch

El escándalo por las firmas en las campañas de Rodrigo Guerrero y Susana Correa, ya sea por corrupción, o por que el sistema es tan inaudito que se presta para que algunas de las personas a quienes se les delega la recolección de firmas no sean lo suficientemente correctas para no falsificarlas, ha logrado por primera vez poner en el ojo del huracán la frase que muchas veces esgrimimos los políticos perdedores: “Las elecciones no se ganan en las urnas sino en la Registraduría” y añadiría aún más, en las salas de computo donde se contabilizan los votos. Lo digo con conocimiento de causa. En la primera campaña en que participé después de la Constituyente como candidata al Senado, con un movimiento político que ilusamente pensamos las mujeres podría tener éxito en Colombia, Mujeres por la Democracia, y que por lo quijotesco figura en los anales de los movimientos políticos colombianos, una persona sin rostro me mandó decir que podían contabilizarme un voto por cada una de las 20.000 mesas de Bogotá, 5.000 en Arauca y 5.000 en Magdalena lo que aseguraría mi elección como Senadora sin necesidad de invertir recursos en campañas políticas. Sacamos 6.000 votos limpiamente, no salimos elegidas, llenamos el país de globos y lo pasamos bien. En ese entonces se le dio la oportunidad a los movimientos pequeños para que se inscribieran como partidos utilizando el sistema de firmas. Nos pasó lo mismo que a Rodrigo y a Susana, con un agravante: nos amenazaban con demandarnos por falsedad en documentos. Asustada me olvidé del asunto. Como la política es enviciadora, me dejé convencer para participar en otras elecciones. Nunca gané, hasta que en una de las contiendas para el Concejo en las que tenía una buena posibilidad de salir elegida, y con un segundo renglón de una persona con bastante recorrido en los avatares de la política, empezamos contabilizando una cantidad sustancial de votos. De un momento a otro, nuestros votos dejaron de aparecer en la pantalla. Mi segundo renglón que me acompañaba, me sugirió aterrada que fuera a hablar con el Registrador de turno allí presente para que nos ayudara. Pensé que era para ponerle la queja, cuál no sería mi sorpresa cuando me dijo que por una suma de dinero saldría elegida sin más complicación. Me fui furiosa, mientras que ella cínicamente me sugirió que podía vender su carro y que con cuatro rutas de buses recuperaría lo invertido. Demandé las elecciones en todas las instancias, un trabajo de titanes, hasta que cinco años más tarde el Tribunal Administrativo nos permitió acceso a las famosas urnas triclave, sólo para descubrir que faltaban mesas por contabilizar, las actas estaban tachadas, no había un solo puesto completo, pero ya era demasiado tarde y se habían vencido los términos. Desde ese entonces me prometí que no volvería a participar en elecciones y me dedicaría al periodismo y a cambiar al mundo desde la sociedad civil.

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