El jarillón

Febrero 25, 2011 - 12:00 a.m. Por: Angela Cuevas de Dolmetsch

Como resultado de la ola invernal, soluciones a problemas que estaban latentes desde 1999 adquirieron de pronto una urgencia inusitada. Ese es el caso del jarillón del río Cauca, la barrera que impide que se inunden el Distrito de Aguablanca y barrios aledaños donde viven más de 700.000 personas. El jarillón lo construyó la CVC en la década de los 50, fue parte del proyecto de Aguablanca, un terreno inundable y vulnerable. La obra además consistió en la construcción de canales primarios de drenaje y estaciones de bombeo al interior del área protegida. El jarillón tiene una altura que corresponde al nivel de agua de una creciente del río, una vez en 100 años, más un espacio libre entre 1 y 1,50 metros. Está localizado entre 50 y 60 metros del borde del río. En las orillas del Cauca hay fincas de grandes extensiones con ganados y cultivos, entre ellas la finca de ‘don Vélez’, y al lado de Candelaria, en el sector de La Nubia, tienen bodegas compañías importantes.Hace 30 años la CVC permitió algunos asentamientos en la parte alta del jarillón, o sea mas lejos del río que la finca de ‘don Vélez’, en lo que hoy se denomina Samanes del Cauca. Estas 30 familias pagan prediales y servicios, tienen producción agropecuaria no tan distinta a la de las fincas a la orilla del río y, por muchos años, han sido la despensa de productos frescos para los barrios aledaños, Ciudad Talanga y Valle Grande. Recientemente se han interesado en hacer ferias de los ingresos siguiendo el modelo de la ciudadela ecológica Nashira. Los habitantes de Samanes son concientes de la necesidad de dejar el jarillón, mas como tienen inversiones modestas, pero respetables, le piden al Gobierno que los reubiquen en algún sitio donde puedan continuar con su vocación agrícola.Otro es el caso de quienes viven en los nueve asentamientos restantes, por ejemplo Villa Mosca, quienes recibieron el beneficio de casas en Potrero Grande y ahora se han convertido en invasores profesionales del jarillón. Si bien es cierto que la calidad de vida en Potrero Grande es pésima, las casas unas cajas de fósforos con pocas zonas verdes, la falta de pasto ha hecho que los carretilleros se vayan de la zona, y el rebusque y la inseguridad han convertido a Potrero Grande en un infierno, no son éstas razones válidas para que unos vivos hagan del jarillón un lucrativo negocio. Por otro lado las escombreras, dragas de arena y un parque abandonado de la CVC son otros de los retos que hay que resolver antes de empezar a invertir los $100.000 millones que cuestan las obras, y la reubicación por lo menos de los agricultores en algunos de los corregimientos del Municipio, pues, aunque el peligro es inminente, no podemos cometer una injusticia haciendo pagar justos por pecadores.

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