Armero, la Pompeya colombiana

Mayo 20, 2011 - 12:00 a.m. Por: Angela Cuevas de Dolmetsch

Otro invierno interminable, inundaciones y derrumbes, visitar a Armero 25 años después es recordar ese noviembre en que con, una semana de diferencia, el gobierno de Belisario Betancur tuvo que enfrentarse a la avalancha de lodo que enterró más de 30.000 personas y la toma del Palacio de Justicia. Todavía los fantasmas de la Corte rondan pidiendo clemencia, mientras que los culpables quisieran olvidarse de los que salieron con vida y de quienes nunca más se volvió a saber. Armero, declarado campo santo por el papa Juan Pablo II, es sintomático del abandono que aqueja a muchos sitios en Colombia. La vegetación ha invadido las calles y las ruinas de las construcciones que quedaron en pie también desaparecen paulatinamente detrás de las enredaderas y del moho. Hay algunas lápidas conmemorativas de personas que fallecieron en el desastre, pero pareciera que nadie se volvió a acordar de ellas.La tumba de Omaira Sánchez es sitio de peregrinaje de los creyentes. Está adornada con flores, muñecas, medallas, mementos y una urna de peticiones. Dice la gente que aún sin ser santa hace milagros. Seguramente su sufrimiento y las horas que pasó atrapada antes de morir; sus palabras a su madre, “mamá estos señores me van a salvar”; su carita con el pelo crespo, vive aún en la memoria de los que seguimos su calvario. La recuerdo hablando con su salvador que no pudo hacer más que darle sorbos de agua. Por eso su espíritu sigue viviendo entre los mortales. Como todo sitio de adoración allí también venden helados y veladoras que la gente prende mientras le cuenta sus pesares. No tan lejos, el cementerio viejo se ha convertido en un sitio lleno de malas vibraciones. Las tumbas han sido saqueadas y los féretros han desaparecido. A veces se ven entre la basura pedazos de la tela roja que los revestía, ya desteñidos por el tiempo. Hay escenas de horror, calaveras y huesos tirados por todos lados. Mas allá, un poco escondida, una de las tumbas se ha convertido en un sitio de oración, y me imagino que los maleantes después del saqueo van y rezan y prenden veladoras para aplacar los espíritus de los muertos. En minutos miles de mosquitos descienden despiadadamente sobre los visitantes que se atreven a invadir la manigua, como perros guardianes de la osamenta. Los carros paran en la carretera a pocos metros y la gente pregunta: “¿Ese es Armero?”. Un sobreviviente vende dvd’s de la tragedia, y cuenta que su esposa murió el año pasado, a los 90 años, de un pulmón afectado por la avalancha y dice: “¿Ahora que pase el invierno vendrán a limpiar?”. Qué harán con las calaveras que ahora están esparcidas errantes, en las ruinas de Armero, víctimas también del abandono y la sevicia.

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