Akiko

Akiko

Febrero 08, 2013 - 12:00 a.m. Por: Angela Cuevas de Dolmetsch

Llegó como un regalo sin envoltura del lejano Japón. Venía huyendo del tsunami y tal vez de las rígidas estructuras de su país, con un deseo recóndito de encontrar en las cálidas tierras latinas no sólo inspiración para su arte sino a su príncipe azul. Quería enseñarles a las mujeres a hacer tejidos de su propio pelo, como la máxima expresión de la sensualidad y la esencia femenina.Con la ayuda de unas hadas madrinas caleñas y liceístas, de esas a las que la señorita Betzabé Zapata les infundió el germen de la locura, consiguió una beca de la fundación Suzuki y armó viaje por la ruta más improbable. Salió de México, por la carretera Panamericana hasta Panamá y con los mochileros, en lanchas veloces e invisibles siguió por el Darién colombiano hasta Capurganá y Turbo y luego en bus a Cali. Tenía poco equipaje pues el material para su obra lo lleva dentro de su cabeza y sobre ella. Venía a hacer una pasantía en Lugar a Dudas, el refugio de los artistas de Óscar Muñoz, y con vocación altruista a enseñarles a las mujeres de la Ecoaldea Nashira a encontrar a través del arte su razón de ser.No fue fácil; no hablaba español y sólo los niños en su sabiduría infantil parecían entender sus mensajes. Los vi jugando con el cabello de Akiko, le hacían trenza y crespos, le jalaban el pelo sin misericordia, mientras ella con su sonrisa oriental no se inmutaba. Quería materiales autóctonos como la cabuya y no se rendía ante la difícil tarea de pelar una penca. También hubo necesidad de llevarla a Silvia a trasquilar una oveja, la lana no sólo debía ser virgen sino que era menester conocer personalmente al animal, mirarlo a los ojos y establecer una comunión espiritual con él. Sólo ahora que veo la obra de Akiko, colgada de las paredes de Proartes me doy cuenta de la profundidad de sus mensajes, la plasticidad de la obra y la calidad de la artista, con exposiciones en varios países europeos, Estados Unidos Rusia, México y el reconocimiento internacional. ¿Y no la ganamos? Sí. Un brujo le había diagnosticado que sufría de una melancolía intensa. No estaba interesada en amoríos, ni hijos, nunca supimos si por cuestiones culturales o porque en su agenda no tenía tiempo para una nueva relación. Apareció un día en Nashira, venía a traer una vaca, medía casi dos metros, hablaba inglés a la perfección y se enamoró locamente de ella. La chocholeaba, le cantaba al oído, le enseñó a montar a caballo. Akiko va a ser madre de un niño colombiano y junto con María Teresa Negreiros, estas dos mujeres importadas son ahora un gran aporte al patrimonio artístico de la ciudad. La exposición de Akiko estará en Proartes todo el mes de febrero.

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