Contraste deprimente

Enero 17, 2011 - 12:00 a.m. Por: Álvaro Valencia Tovar

En medio de la tragedia que estremece el país, suscita la solidaridad nacional y recibe del exterior generosas ayudas, surge la noticia que, de ser cierta, significaría no sólo inconciencia censurable sino rechazo airado a la extravagancia de los directores administrativos del Senado y la Cámara de Representantes, por adelantar gestiones ante el Ministerio de Hacienda para renovar todo el parque automotor del Congreso, que al final de la pasada legislatura obtuvo extensos reportajes televisados por el abandono, el crecido número de automóviles costosos estrellados y la renuencia de los honorables congresistas que no fueron reelegidos a entregar los que les habían sido asignados.Se habla de costosos vehículos blindados obtenidos bajo la forma de ‘leasing’ o sea de arrendamiento con opción de compra, por un costo anual de $40 mil millones. Semejante noticia, divulgada en tiempos normales, sería en sí misma escandalosa en un país donde pobreza y miseria absolutas abundan en forma desoladora al paso que el salario mínimo de miles de colombianos apenas excede, con el aumento del 4%, a poco más de $500 mil. Pero en un país sumergido en inundaciones devastadoras, pueblos enteros en trance de ser devorados por fallas geológicas, como el que fuera risueño conglomerado de Mogotes en Santander del Norte donde hay ya sectores que comienzan a hundirse, campamentos colmados de gentes para quienes las ayudas alimenticias no alcanzan a tardar en llegar, rostros famélicos de mujeres y niños que deambulan con sus esperanzas rotas, la sola intención que no puede ser de los administradores de los dos cuerpos colegiados por sí mismos sino por instrucciones de la mesas directivas, constituye grave ofensa para una nación abrumada por la más espantosa tragedia de toda su historia.Teníamos, y aún mantenemos, cierta esperanza de que el Congreso actual cambiara la imagen de corrupción, politiquería e irresponsabilidad que predomina en la opinión pública con justificadas razones. De confirmarse la noticia sobre tales gestiones, el Congreso de Colombia viviría su hora más sombría frente a una patria dolorida, anegada más en lágrimas que por los torrentes desbordados de sus ríos y las lluvias inclementes. También sería el caso de que el Ejecutivo se negara de plano a considerar siquiera la innoble pretensión, y el país entero, con los medios de información a la cabeza, se opusieran altivamente a la ofensa que se infligiría a su democracia.

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