Colombia y su hora crucial

Agosto 26, 2013 - 12:00 a.m. Por: Álvaro Valencia Tovar

Dos imágenes contrapuestas acompañan la apertura en La Habana de lo que puede ser el éxito o el fracaso del proceso de paz, promovido por el presidente Juan Manuel Santos desde el momento mismo de su posesión en la Jefatura del Gobierno y dirigido a través de las aguas tormentosas de las pasiones políticas hacia el noble objetivo de la paz nacional. Con la mano firme del antiguo cadete de la Escuela Naval y la persistencia que no puede confundirse con terquedad sino que es la convicción analítica de que el objetivo puede alcanzarse, si la cúpula de las Farc prescinde del propósito encubierto de alcanzar en la paz lo que no puede ya en forma alguna conseguir con la guerra.Esas dos imágenes, grabadas en la retina de la historia, presentan el agudo contraste entre las facciones risueñas, prepotentes, de guerreros victoriosos, y lo que en ese instante ocurría al norte del Cauca con el golpe demoledor que infligía la operación conjunta de las Fuerzas Armadas al sexto frente de las Farc, unidad elite de éstas. La destrucción del campamento donde perecieron los dos cabecillas con un crecido número de combatientes veteranos, supera el simple alcance de la victoria táctica. Es la continuidad de una serie de reveses cuya acumulación alcanza dimensión estratégica, que no solo afecta el teatro caucano, defendido por las Farc a toda costa, pues para ellas el Cauca es el accidente decisivo del corredor estratégico que se extiende desde la frontera con Ecuador hasta el denso espacio selvático del límite con Panamá. Por este corredor transitan al narcotráfico y el canje de material de guerra por droga y explosivos, del cual depende la sostenibilidad de las Farc.La caída del campamento ubicado en el triángulo dominante de Tacueyó, Santo Domingo-Toribío, configura una derrota de graves proyecciones. Culmina allí una serie de reveses cuya sumatoria equivale a la pérdida del norte del Cauca. A la muerte de los alias ´Jaimito´ y ´El burro’, las de otros dos cabecillas mayores, y cifras aún no dadas a conocer de combatientes veteranos de muy difícil reemplazo. Prisioneros y desertores confiesan la desmoralización y decepción general. ¿No sería el momento de que los jerarcas en La Habana se acogieran honestamente al proyecto de paz, sin pretensiones ocultas de ganar con la paz lo que no pudieron alcanzar con la guerra?

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