Venezuela

Abril 17, 2013 - 12:00 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Hay muchas cosas que nos parecen incomprensibles simplemente porque tratamos de evaluarlas con referencia a nuestros propios valores, y descuidamos un principio mínimo y elemental que consiste en ponerse en el lugar del otro. Esto es en buena medida lo que nos ocurre cuando pensamos el caso de Venezuela actualmente. No deja de ser un poco incomprensible que un país al borde de la bancarrota ratifique en el poder al grupo que ha sido responsable de los desaciertos de los últimos años. Igualmente, no es fácil entender el culto tan impresionante por la figura carismática de un líder, que llega hasta el paroxismo y la adoración casi religiosa. Pues bien, mis queridos amigos, Venezuela, a pesar de que siempre lo hemos tenido como un país hermano, con el que compartimos una trayectoria histórica similar, tiene muchas cosas que son bastante ajenas a la idiosincrasia del colombiano. La comprensión de estas diferencias nos permite entender mejor lo que está ocurriendo.La primera diferencia, la menos importante tal vez, tiene que ver con el hecho de que es un país que ha vivido desde hace muchas décadas de una renta petrolera, que para nosotros no tiene ningún equivalente. Si se quiere, aquí nos ha tocado una "vida más dura". El hecho cierto es que no hemos tenido un Estado con un exceso de recursos a su disposición y la famosa "enfermedad holandesa", resultado de no saber qué hacer con unos ingresos desmesurados, es algo que apenas ahora se empieza a vislumbrar como una posibilidad entre nosotros.La segunda diferencia tiene que ver con el hecho de que Venezuela es un país que ha estado habituado a regímenes de carácter militar desde los comienzos mismos de la Independencia. Hay un dato que para la mentalidad de un colombiano es simplemente insólito: Venezuela, durante los 128 años que van de 1830 a 1958, momento de la caída del dictador Pérez Jiménez y de inicio del llamado Pacto de Punto Fijo, sólo tuvo cinco presidentes civiles para un total de siete años y medio de gobierno civil; mientras que en nuestro caso la relación es totalmente inversa: sólo tuvimos durante el mismo período nueve años y medio regímenes dictatoriales (incluyendo a Rojas Pinilla). El culto bolivariano, que tiene proporciones completamente distintas a las que tiene en Colombia, ha servido allá como forma de legitimación de todo tipo de dictaduras. Nosotros aquí nos reivindicamos del espíritu legalista y constitucionalista de Santander y difícilmente soportamos los autoritarismos. La palabra "comandante" no hace parte de nuestro vocabulario habitual.La tercera diferencia tiene que ver con la inmensa importancia que en ese país tienen una serie de mitos, a los que difícilmente encontramos equivalente entre nosotros y que ocupan un lugar destacado en la cultura popular. Las "tres grandes potencias espirituales" son el cacique Guaicaipuro, indígena célebre por su resistencia contra los españoles; el negro Felipe, un esclavo indómito y locuaz que también se rebeló contra los amos e inspiró la Independencia de España; y María Lionza, diosa de la naturaleza, mestiza de ojos verdes y hermosos senos, símbolo de la fertilidad, que reina en todas las "cortes espirituales". A este trío, invocado de manera permanente, habría que agregar al beato José Gregorio Hernández, el gran hacedor de milagros y, obviamente, a Simón Bolívar, eterno miembro de la familia venezolana. El señor Chávez, con todas sus excentricidades, no cayó del cielo; por el contrario, es un personaje que está entronizado en el altar familiar, al lado de estas figuras, objeto de culto popular. Este sincretismo constituye una fuerza colectiva muy poderosa que mueve multitudes.

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